Enlace 1.- : Para todos los días.
ORACIÓN PARA EMPEZAR EL DÍA
Buenos días, Señor, a ti el primero encuentra la mirada del corazón, apenas nace el día: tú eres la luz y el sol de mi jornada.
Buenos días, Señor, contigo quiero andar por la vereda: tú, mi camino, mi verdad, mi vida; tú, la esperanza firme que me queda.
Buenos días, Señor, a ti te busco, levanto a ti las manos y el corazón, al despertar la aurora: quiero encontrarte siempre en mis hermanos.
Buenos días, Señor resucitado, que traes la alegría al corazón que va por tus caminos, ¡vencedor de tu muerte y de la mía!
Gloria al Padre de todos, gloria al Hijo, y al Espíritu Santo; como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos te alabe nuestro canto. Amén.
Padre nuestro que estás en el Cielo...
ORACIÓN PARA ANTES DE ACOSTARSE Como el niño que no sabe dormirse sin cogerse a la mano de su madre, así mi corazón viene a ponerse sobre tus manos al caer la tarde.
Como el niño que sabe que alguien vela su sueño de inocencia y esperanza, así descansará mi alma segura, sabiendo que eres tú quien nos aguarda.
Tú endulzarás mi última amargura, tú aliviarás el último cansancio, tú cuidarás los sueños de la noche, tú borrarás las huellas de mi llanto.
Tú nos darás mañana nuevamente la antorcha de la luz y la alegría, y, por las horas que te traiga vacías, tú me darás una mañana viva. Amén.
Dios te salve, María, llena eres de gracia ...
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo ...
TEXTOS PARA RECORDAR
“ Dios que comenzó en ti una obra buena, Él la llevará a feliz término” (San Pablo )
“ Mi fuerza y mi poder es el Señor, Tú eres mi salvación” ( Salmo )
“ Venid a Mí todos los que estáis cansados y agobiados y Yo os aliviaré “ ( Jesús )
“ Como el Padre me ha amado, así os he amado Yo a vosotros. Permaneced en mi amor... Vosotros sois mis amigos...” ( Jesús )
“ El amor es paciente, es afable; el amor no tiene envidia, no se jacta ni se engríe, no es grosero ni egoísta, no se irrita ni lleva cuentas del mal, no simpatiza con la injusticia, simpatiza con la verdad. Disculpa siempre, se fía siempre, espera siempre, aguanta siempre...” ( San Pablo )
“ En el corazón de la Iglesia, mi madre, yo quiero ser el amor... “ (Santa Teresita )
“ Creo en Ti, espero en Ti, te amo sobre todas las cosas,... Señor, ten misericordia de mí.”
Yo iba hacia ti cuando te vi venir hacia mí. Yo quería correr hacia ti cuando vi que corrías hacia mí. Yo deseaba esperarte aunque sabía que tú ya me esperabas. Yo deseaba buscarte cuando vi que tu venías a mi encuentro. Pensé: “Por fin te he encontrado” pero fui yo quien me sentí encontrado por ti. Quería decirte: “Te amo”, pero fui yo quien te oí decir: “Te quiero”. Quería elegirte, pero tú ya me habías elegido. Quería escribirte, cuando me llegó tu carta. Quería vivir en ti, pero descubrí que vivías en mí. Quería pedirte perdón, pero sabía que tú ya me habías perdonado. Quería ofrecerme a ti y te recibí a ti como don. Deseaba ofrecerte mi amistad y recibí la tuya. Yo quería decir: “Padre”, cuando oí que decías “hijo mío”. Quería contarte mi vida interior, pero tu me revelaste las profundidades de tu ser. Deseaba invitarte a entrar en mi interior, cuando recibí tu invitación a entrar en el tuyo. Deseaba alegrarme de haber vuelto a ti, cuando te vi alegrarte por mi retorno. Señor, ¿seré yo alguna vez el primero?
REZAR
Rezar es departir con el Maestro, es echarse a sus plantas en la hierba o entrar en la casita de Betania para escuchar las charlas de su cena. Rezar es informarle de un fracaso, decirle que nos duele la cabeza. Rezar es invitarle a nuestra barca
sobre un banquillo en popa a nuestra vera. Y, si acaso se duerme, no aflojar el timón mientras Él duerma. Y es rezar despertarle, si, de pronto, la mar se pone fea. Y es rezar ¡que rezar! Decir “te quiero”, y lo es ¡no lo iba a ser! Decir “me pesa”, y el “quiero ver” del ciego y el “límpiame” angustioso de la lepra, la lágrima sin verbo de la viuda, y el no hay vino en Caná de Galilea. Y es oración, con la cabeza gacha , después de un desamor gemir “¡qué pena!”. Cualquier sincero suspirar del alma, cualquier contarle a Dios nuestras tristezas, cualquier poner en Él nuestra confianza... y esta vida está llena de “cualquieras”, todo tierno decir a nuestro Padre, todo es rezar ¡y hay gente que no reza!
Página de 2.- : Oraciones y vida cristiana 1.- ORACIONES MÁS COMUNES 1. LA SEÑAL DE LA CRUZ
Por la señal + de la Santa Cruz de nuestros + enemigos líbranos, Señor + Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo + y del Espíritu Santo. Amén.
2. EL PADRENUESTRO
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén
3. EL AVEMARÍA Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén
4. GLORIA
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
5. ACTO DE CONTRICIÓN
Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío: por ser Tú quien eres, Bondad infinita, y porque te amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón de haberte ofendido; también me pesa porque puedes castigarme con las penas del infierno. Ayudado de tu divina gracia, propongo firmemente nunca más pecar, confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta. Amén. .
6. COMUNIÓN ESPIRITUAL
Creo, Jesús mío, que estás presente en el Santísimo Sacramento del Altar; te amo sobre todas las cosas y deseo recibirte dentro de mi alma.
Mas, no pudiendo hacerlo ahora sacramentalmente, ven espiritualmente a mi corazón. No permitas, Jesús mío, que jamás me aparte y separe de ti. Amén.
7. INVOCACIÓN AL ESPÍRITU SANTO
Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.
V. Envía, Señor, tu Espíritu y habrá una nueva creación. R. Y renovarás la faz de la tierra.
Oración: Oh Dios, que has iluminado los corazones de tus fieles con la luz del Espíritu Santo; haznos dóciles a sus inspiraciones para gustar siempre el bien y gozar de su consuelo. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
8. CÁNTICO DE LA VIRGEN MARÍA
Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.
Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como lo había prometido a nuestros padres- en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.
9. SALVE
Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra, Dios te salve. A ti llamamos los desterrados hijos de Eva; a ti suspiramos, gimiendo y llorando, en este valle de lágrimas. Ea, pues, Señora, abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos rnisericordiosos, y, después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. ¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María! Ruega por nosotros, santa Madre de Dios, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo. Amén
10. BAJO TU AMPARO Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios: No desprecies nuestras súplicas en las necesidades, mas líbranos siempre de todos los peligros. ¡Oh Virgen gloriosa y bendita!
11. ORACIÓN DE SAN BERNARDO
Acuérdate, oh piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a tu protección, implorando tu asistencia y reclamando tu socorro, haya sido abandonado de ti. Animado con esta confianza, a ti también acudo, ¡oh Madre, Virgen de las Vírgenes! Y, aunque gimiendo bajo el peso de mis pecados, me atrevo a comparecer ante tu presencia soberana. No deseches mis súplicas, ¡oh Madre de Dios!, antes bien, inclina a ellas tus oídos y dígnate atenderlas favorablemente. Amén
12. BENDITA SEA TU PUREZA Bendita sea tu pureza y eternamente lo sea, pues todo un Dios se recrea en tan graciosa belleza. A ti, celestial princesa, Virgen sagrada María, te ofrezco en este día alma, vida y corazón, mírame con compasión, no me dejes, Madre mía.
13. ORACIÓN DE SAN FRANCISCO DE ASÍS
Señor, haz de mí un instrumento de tu paz: donde haya odio, ponga yo amor; donde haya ofensa, ponga yo perdón; donde haya discordia, ponga yo armonía; donde haya error, ponga yo verdad; donde haya duda, ponga yo la fe; donde haya desesperación, ponga yo esperanza; donde haya tinieblas, ponga yo la luz; donde haya tristeza, ponga yo alegría. Que no me empeñe tanto: en ser consolado, como en consolar; en ser comprendido, como en comprender; en ser amado, como en amar. Porque dando, se recibe; olvidándose de sí, se encuentra; perdonando, se es perdonado; muriendo, se resucita a la Vida.
14. ACTO DE AMOR A CRISTO CRUCIFICADO
No me mueve, mi Dios, para quererte, el cielo que me tienes prometido, ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte. Tú me mueves, Señor, muéveme el verte clavado en esa cruz y escarnecido, muéveme el ver tu cuerpo tan herido, muévenme tus afrentas y tu muerte. Muéveme, en fin, tu amor de tal manera, que, aunque no hubiera cielo, yo te amara, y, aunque no hubiera infierno, te temiera. No me tienes que dar porque te quiera; porque, aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero, te quisiera.
15. ORACIÓN DEL PADRE FOUCAULD
Padre, me pongo en tus manos, haz de mí lo que quieras: sea lo que sea, te doy las gracias. Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo, con tal que tu voluntad se cumpla en mí y en todas tus criaturas. No deseo nada más, Padre. Te confío mi alma, te la doy con todo el amor de que soy capaz, porque te amo y necesito darme, ponerme en tus manos sin medida, con una infinita confianza, porque Tú eres mi Padre.
16. ORACIÓN DEL HOMBRE NUEVO
Concédeme, Señor, SERENIDAD para aceptar las cosas que no puedo cambiar; VALOR para cambiar lo que puedo; SABIDURÍA para conocer la diferencia.
17. COMUNIÓN ESPIRITUAL
Creo, Jesús mío, que estás presente en el Santísimo Sacramento del Altar. Te amor sobre todas las cosas y deseo recibirte dentro de mi alma. Pero, como no puedo hacerlo ahora sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón. Sabiendo que ya has venido, me abrazo enteramente a ti. ¡No permitas, Jesús mío, que jamás me aparte y separe de ti! Así sea.
18. VISITA AL SANTÍSIMO Se repite tres veces: Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar. Sea por siempre bendito y alabado. Padrenuestro... Ave María... Gloria al Padre...
2. LA JORNADA DEL CRISTIANO
. AL LEVANTARSE
Yo te adoro, Señor y Padre mío, y te amo con todo mi corazón. Te doy gracias por haberme creado y hecho cristiano y por el nuevo día que me regalas. Te ofrezco las acciones de este día: haz que sean según tu voluntad y para mayor gloria tuya. Líbrame del pecado y de todo mal. Que tu gracia esté siempre conmigo y con todos los que yo quiero. Amén. (Rezo del Padrenuestro y tres Avemarías)
ÁNGELUS El Ángel del Señor anunció a María; y concibió por obra del Espíritu Santo. Dios te salve, María...
Aquí está la esclava del Señor; Hágase en mí según tu palabra. Dios te salve, María...
Y el Hijo de Dios se hizo hombre; y habitó entre nosotros. Dios te salve, María...
V. Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios. R. Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.
Oración. Derrama, Señor, tu gracia sobre nosotros, que, por el anuncio del Ángel, hemos conocido la encarnación de tu Hijo, para que lleguemos, por su pasión y su cruz, y con la intercesión de la Virgen María, a la gloria de la resurrección. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.
REGINA COELI En tiempo pascual, en lugar del Ángelus se recita esta oración. Reina del cielo, alégrate, aleluya, porque el Señor, a quien mereciste llevar, aleluya, ha resucitado, según su palabra, aleluya. Ruega a Dios por nosotros, aleluya.
V. Gózate y alégrate, Virgen María, aleluya. R. Porque resucitó verdaderamente el Señor, aleluya.
Oración. ¡Oh Dios, que por la resurrección de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, te has dignado alegrar al mundo! Concédenos, te rogamos, que por la intercesión de su Madre, la Virgen María, alcancemos los gozos de la vida eterna. Por el mismo Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
BENDICIÓN DE LA MESA Bendice, Señor, los alimentos que vamos a tomar: que nos den fuerzas para hacer el bien a los demás. ------------------ Dios, que nos ha dado para hoy, nos dé para mañana: su gracia y su bendición, salud para el cuerpo y salvación para el alma. Amén. ------------------ Te damos gracias, Padre de bondad, por el alimento que nos regalas y por todos tus beneficios: a ti, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
AL ACOSTARSE Te adoro, Señor y Padre mío, y te amo con todo mi corazón. Te doy gracias por haberme creado y hecho cristiano y por haberme conservado en este día. Guárdame en el descanso y líbrame de todos los peligros. Perdona los males que hoy he cometido y acepta el bien que he hecho. Sálvame, Señor, despierto, y protégeme mientras duermo, para que viva con Cristo y descanse en paz. Amén.
Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía. Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía. Jesús, José y María, descanse con vosotros en paz el alma mía.
(Rezo del Padrenuestro y tres Avemarías)
3. LOS SACRAMENTOS
Los sacramentos son siete: El primero, Bautismo. El segundo, Confirmación. El tercero, Penitencia. El cuarto, Eucaristía. El quinto, Unción de los enfermos. El sexto, Orden Sacerdotal. El séptimo, Matrimonio.
EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA
. Para una buena confesión es necesario: - el examen de conciencia, para poner toda tu vida a la luz del Evangelio; - el dolor de los pecados (contrición), por haber ofendido a Dios; - el propósito de la enmienda, porque quieres cambiar de vida, convertirte, con la gracia de Dios; - la confesión de los pecados al sacerdote: expones todos tus pecados con sencillez y sinceridad; la satisfacción: cumplir la penitencia, reparar el daño causado al prójimo, restituir lo robado (bienes, fama...). 4. LA SANTA MISA Todos los domingos y fiestas de precepto debes participar en la celebración de la Eucaristía, la Santa Misa, y procura comulgar. Si has cometido algún pecado, confiésate. Y celebra el domingo, día del Señor, en unión con todos los cristianos del mundo. Para participar en la celebración, lee y aprende las oraciones y respuestas que haya continuación.
Saludo inicial: SACERDOTE: En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. TODOS: Amén. SACERDOTE: La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con vosotros. TODOS: Y con tu espíritu. Acto penitencial: SACERDOTE: Para celebrar dignamente estos sagrados misterios, reconozcamos nuestros pecados. TODOS: Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante vosotros, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, a los ángeles, a los santos y a vosotros, hermanos, que intercedáis por mí ante Dios, nuestro Señor. SACERDOTE: Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna. TODOS: Amén. SACERDOTE: Señor, ten piedad. TODOS: Señor, ten piedad. SACERDOTE: Cristo, ten piedad. TODOS: Cristo, ten piedad. SACERDOTE: Señor, ten piedad. TODOS: Señor, ten piedad.
Gloria: Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor. Por tu inmensa gloria te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos, te damos gracias. Señor Dios, Rey celestial, Dios Padre todopoderoso. Señor Hijo único, Jesucristo, Señor Dios Cordero de Dios, Hijo del Padre; Tú que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros; Tú que quitas el pecado del mundo, atiende nuestra súplica; Tú que estás sentado a la derecha del Padre, ten piedad de nosotros; Porque sólo tú eres Santo, sólo tú Señor, sólo tú Altísimo Jesucristo. Con el Espíritu Santo, en la gloria de Dios Padre. Amén. Final de la oración: SACERDOTE: Por Jesucristo... que vive y reina por los siglos de los siglos (otras oraciones: Por Jesucristo nuestro Señor). TODOS: Amén.
Final de las lecturas: Lector: Palabra de Dios. TODOS: Te alabamos, Señor.
Evangelio: SACERDOTE: El Señor esté con vosotros. TODOS: Y con tu espíritu. SACERDOTE: Lectura del Santo Evangelio, según San... TODOS: Gloria a ti, Señor. SACERDOTE (final): Palabra del Señor. 'TODOS: Gloria a ti, Señor Jesús.
PROFESIÓN DE FE: CREDO
1. SÍMBOLO DE LOS APÓSTOLES
Creo en Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos. Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén.
2. CREDO DE NICEA-CONSTANTINOPLA
Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible. Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin. Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas. Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica. Confieso que hay un solo bautismo para el perdón de los pecados. Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Amén
Presentación de las ofrendas: SACERDOTE: (Pan) Bendito seas, Señor... será para nosotros pan de vida. TODOS: Bendito seas por siempre, Señor. SACERDOTE: (Vino) Bendito seas, Señor... será para nosotros bebida de salvación. TODOS: Bendito seas por siempre, Señor. SACERDOTE: Orad, hermanos, para que este sacrificio, mío y vuestro, sea agradable a Dios, Padre todopoderoso. TODOS: El Señor reciba de tus manos este sacrificio para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia.
PLEGARIA EUCARÍSTICA Prefacio: SACERDOTE: El Señor esté con vosotros. TODOS: Y con tu espíritu. SACERDOTE: Levantemos el corazón. TODOS: Lo tenemos levantado hacia el Señor. SACERDOTE: Demos gracias al Señor nuestro Dios. TODOS: Es justo y necesario. SACERDOTE: (proclama el Prefacio) TODOS: Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del universo. Llenos están los cielos y la tierra de tu gloria. Hosanna en el cielo. Bendito el que vine en nombre del Señor. Hosanna en el cielo.
Después de la Consagración: SACERDOTE: Éste es el Sacramento de nuestra fe. TODOS: Anunciamos tu muerte, proclamamos tu Resurrección. ¡Ven, Señor Jesús! Final de la Plegaria Eucarística: SACERDOTE: Por Cristo... todo honor y toda gloria, por los siglos de los siglos. TODOS: Amén.
Rito de la Comunión: -Recitación del Padrenuestro... SACERDOTE: Líbranos... esperamos la venida gloriosa de nuestro Señor Jesucristo. TODOS: Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria, por siempre, Señor.
Rito de la Paz SACERDOTE: Señor Jesucristo... vives y reinas por los siglos de los siglos. TODOS: Amén SACERDOTE: La paz del Señor esté siempre con vosotros. TODOS: Y con tu espíritu. SACERDOTE: Daos fraternalmente la paz. (se da la paz a los más cercanos, diciendo: .La paz sea contigo) TODOS: Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros. (dos veces). Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, danos la paz. Comunión: SACERDOTE: Éste es el Cordero... invitados a la Cena del Señor. TODOS: Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme. SACERDOTE: El Cuerpo de Cristo. COMULGANTE: Amén.
Rito de despedida: SACERDOTE: El Señor esté con vosotros. TODOS: Y con tu espíritu. SACERDOTE: La bendición de Dios... descienda sobre nosotros. TODOS: Amén. SACERDOTE: Podéis ir en paz. TODOS: Demos gracias a Dios.
Oración que rezaba San Ignacio de Loyola
Alma de Cristo, santifícame. Cuerpo de Cristo, sálvame. Sangre de Cristo, embriágame. Agua del costado de Cristo, lávame. Pasión de Cristo, confórtame. ¡Oh buen Jesús!, óyeme. Dentro de tus llagas escóndeme. No permitas que me aparte de ti. Del maligno enemigo, defiéndeme. En la hora de mi muerte, llámame, y mándame ir a ti, para que con tus santos te alabe por los siglos de los siglos. Amén.
A Jesús Crucificado
Mírame, ¡oh mi amado y buen Jesús!, postrado en tu divina presencia. Te ruego, con el mayor fervor, que imprimas en mi corazón los sentimientos de fe, esperanza y caridad, verdadero dolor de los pecados y propósito firme de jamás ofenderte. Mientras, yo, con gran amor y compasión, voy considerando tus cinco llagas, comenzando por aquello que dijo el profeta David: Han taladrado mis manos y mis pies, y se pueden contar todos mis huesos.
CRISTO ME NECESITA Necesito tus manos, para seguir bendiciendo. Necesito tus labios, para seguir hablando. Necesito tu cuerpo, para seguir sufriendo. Te necesito, para seguir salvando a los hombres, mis hermanos.
Señor, ¿acaso me llamas a seguirte más de cerca, como religioso (religiosa) o como sacerdote? ¡Aquí me tienes: quiero hacer tu voluntad!
5. SANTO ROSARIO Inicio Por la señal de la santa Cruz... Señor, ábreme los labios. y mi boca proclamará tu alabanza. Dios mío, ven en mi auxilio. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre... Después del enunciado de cada Misterio se reza un Padrenuestro, diez Avemarías y el Gloria. .
Misterios gozosos (Lunes y Sábados)
1º.- La Encarnación del Hijo de Dios. 2º.- La Visitación de Nuestra Señora. 3º.- El Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo. 4º.- La Purificación de Nuestra Señora. 5º.- El Niño Jesús perdido y hallado en el Templo. Misterios dolorosos (Martes y Viernes)
1º.- La Oración de Jesús en el Huerto. 2º.- La Flagelación del Señor. 3º.- La coronación de espinas. 4º.- Jesús con la Cruz a cuestas por la calle de la Amargura. 5º.- La Muerte de Jesús en la Cruz Misterios gloriosos (Miércoles y Domingos)
1º.- La triunfante Resurrección del Señor. 2º.- La Ascensión del Señor a los Cielos. 3º.- La venida del Espíritu Santo sobre el Colegio Apostólico. 4º.- La Asunción de Nuestra Señora a Cielos. 5º.- La Coronación de Nuestra Señora.
Misterios luminosos ( Jueves )
1º.- El Bautismo de Nuestro Señor en el río Jordán. 2º.- La autorrevelación en las Bodas de Caná 3º.- El anuncio del Reino de Dios invitando a la conversión. 4º.- La Transfiguración de Nuestro Señor 5º.- La Institución de la Eucaristía, expresión sacramental del misterio Pascual. Letanías de Nuestra Señora Señor, ten piedad. R. Señor, ten piedad Cristo, ten piedad. R. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad. R. Señor, ten piedad. Cristo, óyenos. R. Cristo, óyenos. Cristo, escúchanos. R. Cristo, escúchanos Dios, Padre celestial. R. Ten misericordia de nosotros Dios, Hijo Redentor del mundo. R. Ten misericordia de nosotros Dios, Espíritu Santo. R. Ten misericordia de nosotros Trinidad Santa, un solo Dios R. Ten misericordia de nosotros Santa María, R. Ruega por nosotros Santa Madre de Dios, R. Ruega por nosotros Santa Virgen de las vírgenes R. Ruega por nosotros Madre de Cristo, R. Ruega por nosotros Madre de la Iglesia, R. Ruega por nosotros Madre de la divina gracia, R. Ruega por nosotros Madre purísima, R. Ruega por nosotros Madre castísima, R. Ruega por nosotros Madre y virgen, R. Ruega por nosotros Madre santa, R. Ruega por nosotros Madre inmaculada, R. Ruega por nosotros Madre amable, R. Ruega por nosotros Madre admirable, R. Ruega por nosotros Madre del buen consejo, R. Ruega por nosotros Madre del Creador, R. Ruega por nosotros Madre del Salvador, R. Ruega por nosotros Virgen prudentísima R. Ruega por nosotros Virgen digna de veneración, R. Ruega por nosotros Virgen digna de alabanza, R. Ruega por nosotros Virgen poderosa, R. Ruega por nosotros Virgen clemente, R. Ruega por nosotros Virgen fiel, R. Ruega por nosotros Ideal de santidad, R. Ruega por nosotros Morada de la sabiduría, R. Ruega por nosotros Causa de nuestra alegría, R. Ruega por nosotros Templo del Espíritu Santo, R. Ruega por nosotros Honor de los pueblos, R. Ruega por nosotros Modelo de entrega a Dios, R. Ruega por nosotros Rosa escogida, R. Ruega por nosotros Fuerte como la torre de David, R. Ruega por nosotros Hermosa como torre de marfil, R. Ruega por nosotros Casa de oro, R. Ruega por nosotros Arca de la Nueva Alianza, R. Ruega por nosotros Puerta del Cielo, R. Ruega por nosotros Estrella de la mañana, R. Ruega por nosotros Salud de los enfermos, R. Ruega por nosotros Refugio de los pecadores, R. Ruega por nosotros Consoladora de los afligidos R. Ruega por nosotros Auxilio de los cristianos, R. Ruega por nosotros Reina de los Ángeles, R. Ruega por nosotros Reina de los Patriarcas, R. Ruega por nosotros Reina de los Profetas, R. Ruega por nosotros Reina de los Apóstoles, R. Ruega por nosotros Reina de los Mártires, R. Ruega por nosotros Reina de los que viven su fe, R. Ruega por nosotros Reina de las Vírgenes, R. Ruega por nosotros Reina de todos los Santos, R. Ruega por nosotros Reina concebida sin pecado original, R. Ruega por nosotros Reina elevada al cielo, R. Ruega por nosotros Reina del Santísimo Rosario, R. Ruega por nosotros Reina de la familia, R. Ruega por nosotros Reina de la paz, R. Ruega por nosotros Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo. R. Perdónanos Señor Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo. R. Escúchanos Señor Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo. R. Ten misericordia de nosotros
V. Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios. R. Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.
Oración Te pedimos, Señor, que nosotros, tus siervos, gocemos siempre de salud de alma y cuerpo, y por la intercesión de santa María, la Virgen, líbranos de las tristezas de este mundo y concédenos las alegrías del cielo. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén. Ave María Purísima. Sin pecado concebida.
6. VIA CRUCIS
Al comenzar cada Estación, se reza: V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos. R. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Y se termina con esta invocaci6n: Jesús, pequé: ten piedad y misericordia de mí.
Finalmente, se reza un Padrenuestro, Ave María y Gloria.
Primera Estación: Jesús es condenado a muerte. Segunda Estación: Jesús carga con la Cruz. Tercera Estación: Jesús cae bajo el peso de la Cruz. Cuarta Estación: Jesús se encuentra con su Santísima Madre. Quinta Estación: El Cireneo ayuda a Jesús a llevar la Cruz. Sexta Estación: La Verónica limpia el rostro de Jesús. Séptima Estación: Jesús cae en tierra por segunda vez. Octava Estación: Jesús consuela a las hijas de Jerusalén. Novena Estación: Jesús cae por tercera vez. Décima Estación: Jesús es despojado de sus vestiduras. Undécima Estación: Jesús es clavado en la Cruz. Duodécima Estación: Jesús muere en la Cruz. Decimotercera Estación: Jesús es bajado de la Cruz y puesto en brazos de su Madre. Decimocuarta Estación: Jesús es puesto en el sepulcro.
7. CONOCIMIENTOS BÁSICOS CRISTIANOS
1. Los Mandamientos de la Ley de Dios
El primero, amarás a Dios sobre todas las cosas. El segundo, no tomarás el nombre de Dios en vano. El tercero, santificarás las fiestas. El cuarto, honrarás a tu padre y a tu madre. El quinto, no matarás. El sexto, no cometerás actos impuros. El séptimo, no robarás. El octavo, no dirás falsos testimonios ni mentirás. El noveno, no consentirás pensamientos ni deseos impuros. El décimo, no codiciarás los bienes ajenos. Estos diez Mandamientos se resumen en dos: Amarás a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a ti mismo.
2. Las Bienaventuranzas
Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán la misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos (Mt 5, 3-12).
3. Los siete dones del Espíritu Santo
Don de sabiduría. Don de inteligencia. Don de consejo. Don de fortaleza. Don de ciencia. Don de piedad. Don de temor de Dios.
4. Los doce frutos del Espíritu Santo
Caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia y castidad.
5. Las tres virtudes teologales
Fe, esperanza y caridad.
6. Las cuatro virtudes cardinales
Prudencia, justicia, fortaleza y templaza.
7. Las catorce obras de misericordia
Las siete espirituales son;
1ª Enseñar al que no sabe. 2ª Dar buen consejo al que lo necesita. 3ª Corregir al que yerra. 4ª Perdonar las injurias. 5ª Consolar al triste. 6ª Sufrir con paciencia los defectos del prójimo. 7ª Rogar a Dios por vivos y difuntos.
Las siete corporales son;
1ª Visitar y cuidar a los enfermos. 2ª Dar de comer al hambriento. 3ª Dar de beber al sediento. 4ª Dar posada al peregrino. 5ª Vestir al desnudo. 6ª Redimir al cautivo. 7ª Enterrar a los muertos.
8. Los siete pecados capitales
El primero, soberbia (contra la humildad). El segundo, avaricia (contra la largueza). El tercero, lujuria (contra la castidad). El cuarto, ira (contra la paciencia). El quinto, gula (contra la templanza). El sexto, envidia (contra la caridad). El séptimo, pereza (contra la diligencia).
9. Los mandamientos de la Iglesia
El primero, oír misa entera todos los domingos y demás fiestas de precepto, El segundo, confesar los pecados al menos una vez al año. El tercero, recibir el sacramento de la Eucaristía al menos por Pascua. El cuarto, abstenerse de comer carne y ayunar en los días establecidos por la Iglesia (ayuno y abstinencia: el miércoles de ceniza y el viernes santo; abstinencia: los viernes de cuaresma). El quinto, ayudar a las necesidad de la Iglesia.
Página de : 3.-: Lo que es y lo que no es orar ** Una pregunta:
PRESENTACIÓN
Tienes en tus manos unos materiales que te quieren ayudar, que os quieren ayudar, en vuestra vida de oración: relación viviente y personal con Dios vivo y verdadero.
Si los discípulos le dijeron a Jesús: “Maestro, enséñanos a orar”, hoy y siempre muchos seguidores de Jesús siguen deseando orar, quieren aprender a orar.
La Diócesis de Albacete pone a tu disposición y a disposición de vuestras parroquias y grupos este folleto. No ha surgido de la nada. Es fruto del trabajo que grupos de jóvenes y adultos vienen realizando desde hace años. Y es también una síntesis de lo que nos ha parecido mas imprescindible.
Los libros, que aparecen al final en la bibliografía, son los que hemos utilizado para la elaboración de estas fichas.
Este dossier va estructurado en capítulos, siguiendo esencialmente el esquema que aparece en el Catecismo de la Iglesia Católica. Cada capítulo consta de una o varias fichas, y cada ficha está estructurada en tres partes:
a)
Desarrollo.
b)
Unas preguntas para que cada uno las
pueda reflexionar individualmente, o para dialogarlas en grupo.
c)
Unas sugerencias para la oración
personal. El último capítulo es un anexo. En él aparecen varios esquemas de oración que pueden dar ocasión a varios encuentros de oración comunitaria – en grupo.
Deseamos que sea útil este trabajo realizado. Y que el Espíritu Santo nos conduzca y sea Él nuestro maestro interior.
El cristiano del futuro, el joven o adulto del presente, o es un místico, es decir, una persona que ha “experimentado a Alguien”, o no será cristiano.
En nuestra vida personal, en nuestras parroquias y grupos, casi todos somos producto de esta “sociedad de las prisas” en que vivimos. Casi todos tenemos que hacer muchas cosas: estudiar, trabajar, comprometernos en acciones sociales, laborales, eclesiales,... También hay muchos que no hacen o no pueden hacer casi nada. Para empezar, no tienen trabajo.
La lentitud de nuestros procesos personales de crecimiento o maduración, así como el encontrarnos cada día con situaciones desagradables, no queridas, injusticias, sufrimiento de muchas personas, vacíos existenciales, ... va alimentando en muchos cristianos la impaciencia, las prisas.
También hay quienes cierran los ojos a todo este mundo de alegrías y sufrimientos. Piensan que no pueden o no quieren hacer nada, y se dedican al cultivo de la propia intimidad, de los valores y necesidades personales.
Estamos hablando de creyentes. Pues habría que decir: Sólo el cristiano que tiene la experiencia de Dios, de su presencia en su vida y en la vida de la humanidad, sólo el cristiano que sabe escucharlo y descubrirlo de la mañana a la noche, en el entramado de la vida y de la historia, es capaz de “vivir el gozo maravilloso y audaz, creativo y transformador de confiar en Él, de sentirse en sus manos, de vivir con dirección y con sentido”. Podríamos decir que es un joven , hombre o mujer “de espiritualidad profunda y arraigada”.
“La espiritualidad cristiana se parece a la humedad y al agua, que mantienen empapada la tierra para que ésta esté siempre verde y en crecimiento. El agua y la humedad del pasto no se ven, pero sin ellos la hierba se seca. Lo que se ve es el pasto, su verdor y su belleza, y es el pasto lo que queremos cultivar, pero sabemos que para ello debemos regarlo y mantenerlo húmedo. (Ver Lucas 6, 47‑49)”. (Materiales de la Acción Católica).
La espiritualidad cristiana, “vida en el Espíritu”, “vida según el Espíritu”, tiene una raíz común: “La unión vital con Cristo”. (Juan 15, 5): “Permaneced en Mí y Yo en vosotros. El que permanece en Mí y Yo en él, ese da mucho fruto, porque sin Mí nada podéis hacer".
Y esta espiritualidad cristiana tiene unas fuentes comunes:
1. La palabra de Dios, la Biblia.
2. Los sacramentos, en especial la Eucaristía.
3. La comunidad creyente, la Iglesia.
4. La oración personal y comunitaria.
5. La vida. Nuestra vida y la vida de los hombres ha de hacerse sacramento a través del cual el creyente descubra la acción salvadora de Dios en la historia. “En ella ha de descubrir el rostro de Dios. Allí ha de oír y acoger su Palabra, allí ha de secundar el proyecto del Reino de Dios que anunció Jesús, allí ha de situarse como creyente reconstruyendo la historia en la dinámica de la memoria del Reino” (Concilio Vaticano II ).
Para finalizar esta introducción podemos afirmar:
a).‑ Es necesario que nos convenzamos de la primacía del amor. El amor es lo que da valor a todas las cosas.
b).‑ El que ama experimentará la exigencia interior de vivenciar su amor en el silencio contemplativo de la oración personal, en el compromiso transformador y en el encuentro con los otros y con el Otro dentro de la comunidad cristiana.
c).‑ El compromiso y vida como cristianos será más auténtico cuando la oración, más que “tiempos”, sea “una vida”.
PENSAMOS Y DIALOGAMOS.
- ¿Cómo te encuentras: vacío de Dios, sediento de Dios, lleno de Dios,...?
- En esta ficha se exponen las fuentes comunes de la espiritualidad cristiana: ¿qué lugar ocupa cada una de ellas en tu vida?.
- ¿Tienes experiencia de oración?.
- ¿Tienes experiencia de lo que es una vida orientada por el amor y el servicio a los demás?.
- ¿Qué es lo más importante en tu vida, lo que más deseas, lo que más valoras?.
SEÑOR, ENSÉÑANOS A REZAR.
(De Hedwig Lewis)
Ponte en presencia del Señor. Invoca al Espíritu Santo. A continuación puedes seguir leyendo:
- El Padre llama a mi puerta buscando un hogar para su hijo.
El alquiler es barato, de verdad ‑ le digo. No quiero alquilarlo, quiero comprarlo ‑ dice Dios. No sé si querré venderlo, pero puedes entrar y echarle un vistazo. Sí, voy a verlo ‑ dice Dios. Te podría dejar una o dos habitaciones. Me gusta ‑dice Dios‑. Voy a tomar las dos. Quizá decidas algún día darme más. Puedo esperar. Me gustaría dejarte más, pero me resulta algo difícil; necesito cierto espacio para mí. Me hago cargo ‑dice Dios‑, pero aguardaré. Lo que he visto me gusta. Bueno, quizá te pueda dejar otra habitación. En realidad , yo no necesito tanto. Gracias ‑dice Dios‑. La tomo. Me gusta lo que he visto. Me gustaría dejarte toda la casa, pero tengo mis dudas. Piénsalo ‑dice Dios‑, Yo no te dejaría fuera. Tu casa sería mía y mi hijo viviría en ella. Y tú tendrías más espacio del que has tenido nunca. No entiendo lo que me estás diciendo. Ya lo sé ‑dice Dios‑, pero no puedo explicártelo. Tendrás que descubrirlo por tu cuenta. Y esto sólo puede suceder si le dejas a él toda la casa. Un poco arriesgado, ¿ no? Así es ‑dice Dios‑ , pero ponme a prueba. Me lo pensaré. Me pondré en contacto contigo. Puedo esperar ‑dice Dios‑. Lo que he visto me gusta.
(Margaret Halaska, O.S.F.)
"Mira que estoy a la puerta llamando. Si alguien escucha mi llamada y abre la puerta, entraré en su casa y cenaremos juntos."
Apocalipsis 3, 20
¿No has oído sus pasos callados? El viene, viene... siempre viene.
Dios ha querido comunicarse con los hombres como un amigo se comunica con su amigo. Desea que nos dirijamos a Él con la confianza de un hijo hablando con su Padre. Llega, incluso, a inspirarnos las palabras de nuestro diálogo con Él.
“Si los hombres y mujeres de todos los tiempos han buscado a Dios (cf. Hechos 17, 27), es Dios quién primero llama al hombre al encuentro de la oración. Esta iniciativa de amor del Dios fiel es siempre lo primero en la oración, la iniciativa del hombre es siempre una respuesta”. (Catecismo n1 2567).
La revelación de la oración en el Antiguo Testamento se encuadra entre esa pregunta de Dios al hombre, después de la caída “Dónde estás?... ¿Por qué lo has hecho?” (Génesis 3, 9‑13) , y la respuesta de Jesús al entrar en el mundo: “He aquí que vengo... a hacer, oh Dios, tu voluntad” (Hebreos 10, 5‑7). De este modo, la oración está unida a la historia de los hombres; es la relación a Dios en los acontecimientos de la historia humana (Catecismo nº 2568).
El Antiguo Testamento estás lleno de grandes orantes (Abraham, Jacob, Moisés, David, Elías, los profetas...), pero los salmos, compuestos a lo largo de los siglos por fieles israelitas inspirados por Dios, son las principales oraciones. “Expresan los sentimientos del hombre que se dirige a Dios con angustia, arrepentimiento, gozo o paz... en circunstancias fundamentales de su vida. Expresan también sus actitudes básicas delante de Dios: adoración, súplica, acción de gracias, admiración, alabanza”. (3er Catecismo de la Comunidad Cristiana, pag.273 ).
Como final de esta ficha transcribimos el siguiente texto:
Yo iba hacia ti cuando te vi venir hacia mí. Yo quería correr hacia ti cuando vi que corrías hacia mí. Yo deseaba esperarte aunque sabía que tú ya me esperabas. Yo deseaba buscarte cuando vi que tu venías a mi encuentro. Pensé: “Por fin te he encontrado” pero fui yo quien me sentí encontrado por ti. Quería decirte: “Te amo”, pero fui yo quien te oí decir: “Te quiero”. Quería elegirte, pero tú ya me habías elegido. Quería escribirte, cuando me llegó tu carta. Quería vivir en ti, pero descubrí que vivías en mí. Quería pedirte perdón, pero sabía que tú ya me habías perdonado. Quería ofrecerme a ti y te recibí a ti como don. Deseaba ofrecerte mi amistad y recibí la tuya. Yo quería decir: “Padre”, cuando oí que decías “hijo mío”. Quería contarte mi vida interior, pero tu me revelaste las profundidades de tu ser. Deseaba invitarte a entrar en mi interior, cuando recibí tu invitación a entrar en el tuyo. Deseaba alegrarme de haber vuelto a ti, cuando te vi alegrarte por mi retorno. Señor, ¿seré yo alguna vez el primero?
PENSAMOS Y DIALOGAMOS.
‑ Jesús nos ha llamado amigos (Juan 15, 15) , ¿Qué entiendes por amistad? ¿Tienes amigos, amigas? ¿Sientes necesidad de ese Amigo con mayúscula?
‑ ¿Te sientes no sólo querido, sino “mimado” por Dios?
‑ ¿Consideras una suerte el poder tratar “de tú a tú con Dios”?
‑ Piensa y respóndete: ¿Por qué querrá Dios tu amistad y tu trato con Él ?
SEÑOR, ENSÉÑANOS A REZAR..
‑ Haz un recorrido por tu vida y ve descubriendo todas las maravillas que Dios ha hecho en ti.
‑ Lee pausadamente ese poema que tienes en esta ficha.
Ve recordando momentos de tu vida. ¿Cuándo ibas tu hacia El? ¿Cuándo y cómo había ido Él el primero?
Pregúntale: ¿Seré yo alguna vez, Señor, el primero?.
‑ En silencio, deja que la respuesta a esta pregunta te surja de tu interior.
‑ Dirígete al Padre con tus palabras. Dile lo que quieras.
‑ Acaba con el Padre Nuestro.
Llegados aquí y antes de pasar adelante, nos podemos preguntar: pero ¿qué es la oración?
Ya hemos pronunciado esta palabra muchas veces; en las fichas siguientes se dirán muchas más cosas, pero como primera aproximación podemos decir:
“Para mí, la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como desde dentro de la alegría” (Sta. Teresa del Niño Jesús).
Salir de nosotros mismos y ponernos ante un Tú trascendente; iniciar un verdadero y entrañable diálogo.
“¿Desde dónde hablamos cuando oramos? ¿ Desde la altura de nuestro orgullo y de nuestra propia voluntad, o desde “lo más profundo” (Sal 130, 14) de un corazón humilde y contrito? El que se humilla es ensalzado (cf Lc 18, 9‑14). La humildad es la base de la oración. “Nosotros no sabemos pedir como conviene” (Rm 8, 26). La humildad es una disposición necesaria para recibir gratuitamente el don de la oración: el hombre es un mendigo de Dios (cf San Agustín, serm 56, 6, 9).
“Si conocieras el don de Dios” (Jn 4, 10). La maravilla de la oración se revela precisamente allí, junto al pozo donde vamos a buscar nuestra agua: allí Cristo va al encuentro de todo ser humano, es el primero en buscarnos y el que nos pide de beber. Jesús tiene sed, su petición llega desde las profundidades de Dios que nos desea. La oración sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de El (cf San Agustín, quaest. 64, 4). “Tú le habrías rogado a él, y él te habría dado agua viva” (Jn 4, 10). Nuestra oración de petición es paradójicamente una respuesta. Respuesta a la queja de Dios vivo: “A mí me dejaron, Manantial de aguas vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas” (Jr 2, 13), respuesta de fe a la promesa gratuita de salvación (cf Jn 7, 37‑39 ; Is 12, 3 ; 51, 1), respuesta de amor a la sed del Hijo único (cf Jn 19, 28 ; Za 12, 10 ; 13, 1). Catecismo de la Iglesia Católica n1 2559‑2561
La oración, como hemos visto, es un don de Dios.
“La oración cristiana es también una relación de alianza entre Dios y el hombre en Cristo. Es acción de Dios y del hombre; brota del Espíritu Santo y de nosotros, dirigida por completo al Padre, en unión con el Hijo de Dios hecho hombre, Jesús” (Catecismo n1 2564).
Por eso, orar es decir: ¡Padre!. Y decir Padre, supone reconocer que Dios es el Creador de todo, y que todo lo ha creado y lo conserva con amor.
Decir a Dios Padre, supone también que nos ha creado a nosotros, nos ha hecho hijos en su Hijo Jesús, y vuelca en todos, uno por uno, su amor infinito (Efesios 1, 3‑10). Y llamar a Dios Padre es tomar conciencia de que somos hermanos de todos los hombres.
Por último, “la oración cristiana en tanto en cuanto es comunión con Cristo y con la Iglesia que es su cuerpo... Por eso, la vida de oración es estar habitualmente en presencia de Dios... y en comunión con El” (Catecismo n1 2564).
Terminamos esta ficha con este poema:
REZAR
Rezar es departir con el Maestro, es echarse a sus plantas en la hierba o entrar en la casita de Betania para escuchar las charlas de su cena. Rezar es informarle de un fracaso, decirle que nos duele la cabeza. Rezar es invitarle a nuestra barca mientras la red largamos a la pesca, y mullirle una almohada sobre un banquillo en popa a nuestra vera. Y, si acaso se duerme, no aflojar el timón mientras Él duerma. Y es rezar despertarle, si, de pronto, la mar se pone fea. Y es rezar ¡que rezar! Decir “te quiero”, y lo es ¡no lo iba a ser! Decir “me pesa”, y el “quiero ver” del ciego y el “límpiame” angustioso de la lepra, la lágrima sin verbo de la viuda, y el no hay vino en Caná de Galilea. Y es oración, con la cabeza gacha , después de un desamor gemir “¡qué pena!”. Cualquier sincero suspirar del alma, cualquier contarle a Dios nuestras tristezas, cualquier poner en Él nuestra confianza... y esta vida está llena de “cualquieras”, todo tierno decir a nuestro Padre, todo es rezar ¡ya hay gente que no reza!
J.L. CARREÑO, SDB. (+)
PENSAMOS Y DIALOGAMOS.
‑ ¿Cómo andas de ánimo y decisión en esto de empezar a orar, si es que no lo has hecho hasta ahora?
‑ Si llevas ya un recorrido de oración, ¿qué es orar para ti?
‑ ¿Qué te ha animado a decidirte a orar, o a seguir orando hasta hoy, desde hace algún tiempo, y no haberlo dejado?
‑ Si orar es un diálogo con el Señor, y el diálogo supone saber escuchar y luego responder, ¿cómo va tu capacidad de diálogo a nivel humano? ¿sabes escuchar y guardar silencio cuando alguien te está hablando?
SEÑOR, ENSÉÑANOS A REZAR.
‑ Empieza poniéndote en presencia del Señor. Repítete unas cuantas veces: Dios está aquí... Después que lo hayas dicho, lentamente, varias veces, di: Dios está en mí. Dios habita en mí. Dilo varias veces. En silencio.
‑ Siéntete mirado y amado por Dios.
‑ Orar es decir Padre. Cierra los ojos y dirígete a Dios. Llámale Padre, o Abbá (papá).
‑ Lee alguno de estos textos del Evangelio:
Mateo 11, 25‑27 Marcos 14, 36 Lucas 2, 49 Juan 17, 1‑25
y aplícalo a tu vida. Pronuncia esta palabra “Padre”, al estilo como lo hacía Jesús.
‑ Dirígete ahora al Padre con tus palabras y dile lo que desees.
‑ Termina con el Padre Nuestro.
Antes o después uno se pregunta: ¿por qué tengo que rezar? Y
entre las muchas respuestas: “me lo enseñaron”, “tengo necesidad de
pedir, de agradecer, de dar gracias”... “necesito relacionarme con
Dios”... sobresale una por excelencia: “rezo porque Jesús oró, nos
enseñó a orar y nos mandó orar”.
Vamos a fijarnos en cuatro aspectos de la oración de María:
Muchas veces cuando le preguntamos a alguien o alguien nos
pregunta: ¿por qué no rezas?, solemos responder: “porque no sé” .
¡Ven, Espíritu Santo!Llena los corazones de tus fieles y enciende
en ellos el fuego de tu amor.Envía, Señor, tu Espíritu.Y renovarás
la faz de la tierra.Oremos:¡Oh Dios, que iluminaste nuestros
corazones con la luz del Espíritu Santo!Haz que seamos dóciles a las
inspiraciones de este Espíritu, para practicar el bien y gozar de
sus consuelos.Por Jesucristo nuestro Señor.Amén.
Página de 5.-: La Oración cristiana. Fichas nº 11-20
CAPÍTULO SEGUNDO
3.‑ LA ORACIÓN DE CONTEMPLACIÓN.
Transcribimos lo que dice el Catecismo de la Iglesia, nos. 2709 ‑ 2719 :
"¿Qué es la oración? Santa Teresa responde: “No es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quién sabemos nos ama” (vida 8).
La contemplación busca al “amado de mi alma” (Ct 1, 7 ; cf Ct 3, 1‑4). Esto es, a Jesús y en El, al Padre. Es buscado porque desearlo es siempre el comienzo del amor, y es buscado en la fe pura, esta fe que nos hace nacer de El y vivir en El. En la contemplación se puede también meditar, pero la mirada está centrada en el Señor.
La elección del tiempo y de la duración de la oración de contemplación depende de una voluntad decidida reveladora de los secretos del corazón. No se hace contemplación cuando se tiene tiempo, sino que se toma el tiempo de estar con el Señor con la firme decisión de no dejarlo y volverlo a tomar, cualesquiera que sean las pruebas y la sequedad del encuentro. No se puede meditar en todo momento, pero si se puede entrar siempre en contemplación, independientemente de las condiciones de salud, trabajo o afectividad. El corazón es el lugar de la búsqueda y del encuentro, en la pobreza y en la fe.
La entrada en la contemplación es análoga a la de la Liturgia eucarística: “recoger” el corazón, recoger todo nuestro ser bajo la moción del Espíritu Santo, habitar la morada del Señor que somos nosotros mismos, despertar la fe para entrar en la presencia de Aquel que nos espera, hacer que caigan nuestras máscaras y volver nuestro corazón hacia el Señor que nos ama para ponernos en sus manos como una ofrenda que hay que purificar y transformar.
La contemplación es la oración del Hijo de Dios, del pecador perdonado que consiente en acoger el amor con el que es amado y que quiere responder a él amando más todavía (cf Lc 7, 36‑50 ; 19, 1‑10). Pero sabe que su amor, a su vez, es el que el Espíritu derrama en su corazón, porque todo es gracia por parte de Dios. La contemplación es la entrega humilde y pobre a la voluntad amorosa del Padre, en unión cada vez más profunda con su Hijo amado.
Así la contemplación es la expresión más sencilla del misterio de la oración. Es un don, una gracia; no puede ser acogida más que en la humildad y en la pobreza. La oración contemplativa es una relación de alianza establecida por Dios en el fondo de nuestro ser (cf Jr 31, 33). Es comunión: en ella, la Santísima Trinidad conforma al hombre, imagen de Dios, “a su semejanza”. La contemplación es también el tiempo fuerte por excelencia de la oración. En ella, el Padre nos concede “que seamos vigorosamente fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior, que Cristo habite por la fe en nuestros corazones y que quedemos arraigados y cimentados en el amor” (Ef 3, 16‑17).
La contemplación es mirada de fe, fijada en Jesús. “Yo le miro y él me mira”, decía en tiempo de su santo cura, un campesino de Ars que oraba ante el Sagrario. Esta atención a Él es renuncia a “mi”. Su mirada purifica el corazón. La luz de la mirada de Jesús ilumina los ojos de nuestro corazón; nos enseña a ver todo a la luz de su verdad y de su compasión por todos los hombres. La contemplación dirige también su mirada a los misterios de la vida de Cristo. Aprende así el “conocimiento interno del Señor” para más amarle y seguirle (cf San Ignacio de Loyola, ex. sp. 104).
La contemplación es escucha de la Palabra de Dios. Lejos de ser pasiva, esta escucha es la obediencia de la fe, acogida incondicional del siervo y adhesión amorosa del hijo. Participa en el “si” del Hijo hecho siervo y en el “fiat” de su humilde esclava.
La contemplación es silencio, este “símbolo del mundo venidero” (San Isaac de Nívine, tract. myst. 66) o “amor silencioso” (San Juan de la Cruz). Las palabras en la oración contemplativa no son discursos, sino ramillas que alimentan el fuego del amor. En este silencio, insoportable para el hombre “exterior”, el Padre nos da a conocer su Verbo encarnado, sufriente, muerto y resucitado, y el Espíritu filial nos hace partícipes de la oración de Jesús.
La contemplación es unión con la oración de Cristo en la medida en que ella nos hace participar en su misterio. El misterio de Cristo es celebrado por la Iglesia en la Eucaristía; y el Espíritu Santo lo hace vivir en la contemplación para que sea manifestado por medio de la caridad en acto.
La contemplación es una comunión de amor portadora de la vida para la multitud, en la medida en que se acepta vivir en la noche de la fe. La noche pascual de la resurrección pasa por la de la agonía y la del sepulcro. Son estos tres tiempos fuertes de la Hora de Jesús los que su Espíritu (y no la “carne que es débil”) hace vivir en la contemplación. Es necesario aceptar el “velar una hora con el” (cf Mt 26,40)".
La segunda parte de esta ficha la vamos a dedicar a responder esta pregunta: ¿Y qué es la vida contemplativa?
La contemplación es presentir que Dios nos llama en cada instante del día. Que detrás de cada momento está el Señor. La contemplación es callar ante el susurro de Dios que nos llega en la brisa suave y limpia... en el gesto del amigo, en las simples tareas de la casa, en la sonrisa ingenua de los niños, en la transparencia y sobriedad de los ancianos, en el cansancio de un día de trabajo, en un día ajetreado de compromisos y tareas profesionales, políticas, sociales o sindicales,... en la caricia y amistad de un ser querido, en la crítica o rechazo de uno que no es tan amigo,... Es ir por la vida descubriendo a Dios en cada esquina y en cada instante.
Contemplación es sentirse y vivirse envuelto en Dios como en el aire que respiramos, como en el mar en el que nos sumergimos. Los místicos se sienten respirando a Dios. Dios dentro y fuera, arriba y abajo,... Todo en Dios.
Dios ha querido que yo mismo sea transparencia suya. Dios ve a través de mi. Escucha a través de mis oídos, habla a través de mis palabras. Dios ama a través de mi corazón, perdona con mis gestos de perdón, se compadece a través de mi corazón lleno de compasión.
Yo puedo dejar que Dios se manifieste y se haga presente en mis circunstancias concretas. Dios, su luz, su amor, su perdón, su bondad,... se pueden hacer visibles y presentes a través de mí, si vivo totalmente abierto y lleno de su presencia.
Contemplación es reconocer la presencia del Señor en cada detalle de la vida. Es sentir su presencia en cada momento del día. Es un recuerdo vivo y presente del corazón de nuestro Padre Dios, que nos alimenta con el pan de cada día, que nos ilumina con la luz del sol, nos vitaliza con la frescura del aire, nos sostiene en los caminos y el asfalto de las calles, nos cuida en la mirada de los amigos y nos sonríe en la simplicidad de los niños. Nos aconseja con la sabiduría y el sentido común de los ancianos y ...
Contemplación es amar a Dios en todas las cosas y a todas en él. Es sentirse amado por Dios en todas las cosas y a amar a Dios en todas ellas.
Contemplativo en la acción es aquel que va por la vida gozosa, seguro, libre, radiante de luz, sereno y sonriente, porque está naciendo a una vida nueva, siempre creciente y siempre definitiva.
Contemplación, pues, es mirar serenamente... y ver a Dios. Ver a Dios en todas las cosas y a todas en él.
Este es, pues el dinamismo de la vida contemplativa: vida y acción. Una experiencia de Dios en la vida, en la acción, que nos impulsa al encuentro amoroso en la intimidad de la oración. Y desde esta vivencia de Dios en la oración, llevarlo a la vida cotidiana, siendo una transparencia suya para los demás.
Esta es la finalidad de vida y contemplación: aprender a convivir con todo lo que nos rodea: con Dios, con los demás, con la creación, con las cosas, con el trabajo, con los problemas y contrariedades,... con todo.
Todo es reflejo y expresión de Dios. Encuentro con Dios en todas las cosas. Amar a Dios en todas las cosas. Ser y vivir en Dios y desde Dios, la vida, la auténtica y definitiva, la profunda, en cada instante, en el aquí y ahora... “porque en Dios vivimos, nos movemos y existimos”.
(M. Fernández Márquez)
PENSAMOS Y DIALOGAMOS.
‑ ¿Te has quedado, alguna vez, como “fuera de ti”, extasiado, admirado, ante algo o alguien que te ha resultado especialmente atractivo, fascinante, o simplemente que ha captado tu atención? ¿Cómo fue?
‑ Cuando oras, ¿has tenido alguna vez la experiencia de quedar en silencio ante Dios, sin pensar ni decir nada, durante algún minuto? ¿Cómo fue?
‑ ¿Te sientes amado, envuelto por el amor de Dios?
SEÑOR, ENSÉÑANOS A REZAR.
‑ Ponte en presencia del Señor.
‑ Pide la ayuda del Espíritu Santo.
‑ Recuerda lo que se decía en la ficha sobre la vida contemplativa. Sumérgete en el abrazo del amor de Dios Padre.
‑ Empieza recordando lo mucho que te quiere, las gracias que ha derramado en tu corazón a lo largo de tu vida. Piensa en lo que ha hecho en ti, por ejemplo, en los últimos días.
‑ Y pregúntale ¿por qué Señor?
‑ Guarda silencio.
‑ Quizá oigas en tu interior su palabra, que te dice: porque te quiero.
‑ Guarda silencio. Míralo a Él, que te mira con ojos de misericordia, de amor entrañable.
‑ Guarda silencio.
‑ Termina este rato de oración con el rezo del “Gloria”.
1.‑ LA ORACIÓN DE LA MAÑANA Y DE LA TARDE‑NOCHE.
Por la oración, el hombre ‑ la mujer se sitúa como referido/a a Dios por Cristo y adopta una postura de disponibilidad total para comprometerse en el servicio de los demás.
A ejemplo de Jesús, de María y de los apóstoles, todo cristiano debe incorporar al ritmo concreto de la vida de cada día, el ejercicio concreto de la oración.
Y es que ayuda mucho a la oración el seguir un cierto ritmo en ella. En todas las cosas humanas solemos establecer espontáneamente un ritmo: para comer, para trabajar, para descansar. También hay un tiempo más adecuado para orar.
El ritmo natural del día es el más elemental y el que más universalmente se ha seguido siempre, no sólo en el cristianismo, sino en todas las religiones, para ponerse en contacto con Dios.
La mañana, paso de las tinieblas a la luz, y la tarde, ocaso del día y comienzo de la noche, son los momentos psicológicamente más aptos para la oración.
LA ORACIÓN DE LA MAÑANA
Al comienzo de una nueva jornada, cuando la luz del sol ilumina de nuevo nuestro mundo, el cristiano vuelve su atención a Dios y le dirige una plegaría de alabanza, a la vez que le pide que bendiga el nuevo día. Todo lo que empieza de nuevo es lógico que se haga con renovada ilusión. Es normal que un cristiano quiera darle un color positivo a todo aquello que va a hacer en el día que ahora se inicia.
Fue también la mañana del domingo cuando resucitó Jesús de entre los muertos. Desde aquel día glorioso, la mañana ha quedado marcada para los cristianos con un sentido pascual: de gozo, de resurrección. Este momento de oración de la mañana puede dar un tono pascual a todo lo que haremos en el día, que probablemente será ‑en muchas ocasiones‑ monótono y fatigoso.
En el torbellino de esta sociedad que vive a ritmo vertiginoso y que acumula preocupaciones sobre nuestras espaldas, un cristiano puede encontrar en la oración de la mañana, por breve y sencilla que sea, un motivo de confianza. En vez de dejarse agobiar por las fatigas y recuerdos del día anterior, aprende a mirar hacia delante. Contempla el día que amanece como una página en blanco, que podemos llenar cumpliendo el plan salvador que Dios tiene sobre nosotros. Una página que tiene sentido gracias a Cristo Jesús.
Un cristiano no es un idealista o un utópico en un sentido “negativo”. Ya sabe que esta jornada que empieza, posiblemente será dura. Que no por dedicar un momento a la oración le va a salir todo bien. El sentido de su oración al Padre no es el de un mágico pararrayos que le proteja de las desgracias y le atraiga la buena suerte. Con la oración no tratamos tanto de “disponer de Dios”, sino de “ponernos nosotros a disposición de Dios”. Y así ofrecerle la jornada como una leal colaboración con Él.
Nos ha encomendado una tarea: desarrollar con nuestro esfuerzo las cosas buenas que hay en el mundo, mejorar la condición de vida de los hombres, hacer el bien a nuestro alrededor, aprovechar y hacer rendir los “talentos” que Él nos ha dado. Como en la mañana primera de la humanidad El creó los cielos y la tierra, nosotros ahora debemos colaborar con El para construir una sociedad mejor en todos lo sentidos.
Por todo esto reza el cristiano por la mañana. Y su oración es a la vez:
‑ de alabanza a Dios, por el nuevo día, por la resurrección de Jesús, por todo lo bueno que ha puesto a nuestro alcance.
‑ de ofrenda, poniendo nuestras energías frescas de la mañana a disposición suya.
‑ de petición, rogándole que bendiga y sostenga nuestros esfuerzos para que sepamos dar un color constructivo y cristiano a todo lo que hacemos.
Así empezamos el día con una actitud dinámica y ágil, una postura de resurrección, imitando la energía del Señor Resucitado. Una actitud que nos llevará a mantenernos atentos a los valores principales y a trabajar de firme en nuestra labor, y a vivir “en cristiano” conforme a los criterios que escuchamos de la Palabra de Dios, y a comportarnos en este mundo como “hijos de la luz” y no de las tinieblas.
LA ORACIÓN DE LA TARDE ‑ NOCHE.
El ritmo diario “mañana – tarde” da a la oración del cristianismo una característica muy interesante: la convierte en meditación sobre la historia.
Con la oración de la mañana iniciamos el día, considerando el nuevo día como un don de Dios, que seguirá obrando su misericordia, y como una tarea, porque en él, nosotros deberemos corresponderle con nuestra colaboración activa.
La oración de la tarde es el otro polo de este ritmo binario que encuadra la vida diaria y que contribuye eficazmente a santificar el tiempo, o sea, a vivirlo entendiéndolo como auténtica historia de salvación.
La sucesión día ‑ noche, luz ‑ tinieblas, además de ser la ocasión para que alabemos a Dios por toda su obra salvadora, nos invita a contemplar nuestra pequeña historia de cada día, a la luz de Dios, centrada en Cristo Resucitado, que sigue viviendo y está continuamente presente en medio de nosotros.
¿Por qué rezamos por la tarde?
El dedicar unos momentos a la oración puede, ante todo, ayudarnos a expresar los sentimientos de una notable religiosidad natural.
Así, al final del día, nos acordamos de los beneficios de Dios y le damos gracias. Beneficios de orden individual y colectivo, a nivel de Iglesia y de humanidad. El día de hoy, por poco sentido que tengamos de la presencia viva de Cristo Resucitado y de su Espíritu en el mundo, ha sido un día más en que el amor de Dios se ha mostrado eficaz. Hemos de darle gracias.
Otro sentimiento propio de este hora es el arrepentimiento personal por lo que hemos hecho mal o por lo que no hemos hecho en la jornada. Nuestra misión en la vida no es presenciar pasivamente la actuación de Dios. El actúa en y por nosotros. Y muchas veces nosotros nos inhibimos ‑no queremos hacer nada‑ en la tarea que debemos realizar. No somos suficientemente generosos con Dios o con las personas con que hemos entrado en contacto a lo largo del día. No todo ha sido “luz” en el día de hoy. Ha habido seguramente tinieblas y penumbras. Está bien que pidamos perdón a Dios. Nos servirá para estimularnos a que la jornada de mañana sea más rica y más comprometida.
Espontáneamente la tarde nos lleva también a una cierta melancolía y nos hace reflexionar sobre la caducidad de la vida. Todo pasa, como el día. Todo declina, como el sol que ahora se oculta. Llegará la muerte. La tarde y la noche nos disponen el ánimo para una visión que podríamos llamar “sapiencial” de las cosas y de la vida. Una oración que sea “meditación sobre el tiempo que pasa” es muy adecuada a esta hora.
Pero más importante es la dimensión propiamente cristiana de la oración vespertina.
La tarde nos trae a los cristianos a la memoria el sacrificio vespertino de Cristo en la cruz. Su muerte salvadora. Su entrega, como Siervo de Dios, para rescate de toda la humanidad. Nosotros sabemos que así consiguió una decisiva victoria sobre la tiniebla del pecado y la tiranía de la misma muerte. Murió para resucitar a una nueva existencia. Y así Él es el sol verdadero, que ya no muere más.
De este sacrificio de la cruz, instituyó Cristo, en la cena de despedida con sus amigos, una celebración sacramental, un signo eficaz: la Eucaristía . En este aspecto la Eucaristía tiene un carácter vespertino. Este recuerdo de Cristo, da un tono cristiano a todo sentimiento “vespertino” (de la tarde ‑ noche).
Si damos gracias a Dios, es sobre todo porque Cristo dio sentido a nuestra existencia. Si le pedimos perdón de nuestros pecados, es porque no hemos estado a la altura de Cristo en nuestro obrar. Si pensamos en la muerte y en la caducidad de la vida, siempre es con un tono optimista, porque tenemos la esperanza de que mañana amanecerá otro día y Cristo nos invitará a vivir con El una nueva aventura de colaboración con Dios.
Todavía hay más: la tarde anuncia no sólo el término del día, sino sugiere también el fin de la historia. Y esta mirada “escatológica” (hacia el fin) tiene para el cristiano una clave: la vuelta de Jesús en el último día, como resumen y meta de toda historia. La oración de la tarde es lógico que tenga el carácter de anticipo y recordatorio de esta última venida gloriosa de Cristo. La pobreza y limitación de nuestra historia de cada día puede que sea providencial para orientar nuestras miradas, purificadas de vanas ilusiones, al cielo nuevo y la tierra nueva, que sólo en el porvenir escatológico tendrán su verdadero cumplimiento.
DIEZ REGLAS PARA ORAR CON SENCILLEZ:
(Tomadas de los materiales de la Acción católica).
1.‑ Tómate cada día unos minutos de tiempo para estar a solas y en paz. Relaja tu cuerpo, tu cabeza y tu corazón.
2.‑ Habla con Dios con sencillez y naturalidad, y cuéntale todo lo que te preocupa. No hace falta que uses fórmulas extrañas. Háblale en tus propias palabras. El las entiende bien.
3.‑ Entra en diálogo con Dios cuando estás en tu trabajo diario. Cierra tus ojos un par de segundos donde estés, en el negocio, en el autobús, en tu mesa de trabajo.
4.‑ Convéncete de esta verdad: que Dios está contigo y te quiere ayudar. No es que tú estés siempre acosando a Dios para que te dé su bendición: es al revés, es El el que quiere bendecirte.
5.‑ Ora con la seguridad de que tu oración es inmediatamente eficaz, más allá de las tierras y los mares, y protege a tus personas queridas allí donde estén, y hace que también a ellas las alcance el amor de Dios.
6.‑ Cuando ores, has de tener ideas positivas, no negativas.
7.‑ Siempre tienes que constatar, cuando te pones a orar, que estás dispuesto a aceptar la voluntad de Dios, cualquiera que sea.
8.‑ Cuando ores, déjalo todo en manos de Dios. Pide que te dé fuerza para hacer todo lo que sea posible, y lo demás déjalo a El.
9.‑ Di una palabra de intercesión por aquellos que no te quieren bien o que te han tratado mal. Eso te dará fuerzas de un modo extraordinario.
10.‑ Cada día tendrás que decir una oración por tu país y por la paz.
El consejo más sencillo es éste: habla con Dios como si estuviera sentado contigo en una silla, como si acabara de entrar en la habitación y dijera: ¿qué quieres que haga por ti?...
PENSAMOS Y DIALOGAMOS.
‑ ¿Sueles rezar por la mañana y por la tarde ‑ noche? ¿Cuándo y cómo lo haces?
‑ Repasa y aplica a tu vida las diez sugerencias que aparecen en la ficha sobre “orar con sencillez”.
SEÑOR, ENSÉÑANOS A REZAR.
Hoy sería conveniente que rezaras por la mañana o por la tarde “Laudes” o "Vísperas".
Si no tienes este libro, habla con tu sacerdote y él te sugerirá cómo puedes hacerlo.
2.‑ ORAR ES HACER CRECER LA VIDA. ORAR DESDE LA VIDA.
(Para elaborar esta ficha nos hemos basado en algunos artículos de la revista "Cuadernos de Oración")
Amar la vida con el corazón de Dios.
Si, según el decir de Erich Fromm, amar es hacer crecer la vida, y la oración es echar raíces en el Amor (con mayúscula), en ese Amor que nos enseña a amar, ese Amor que nos da la fuerza de amar, se me concederá que resulta legítimo modificar ligeramente el dicho frommiano con esta versión: orar es hacer crecer la vida. Hombres de la gratuidad y del silencio, servidores de la vida desde la propia profundidad compartida, esto son los hombres comprometidos con la oración.
La oración, acto radical de amor, nos consagra al servicio de los valores humanos. Orar será, pues, ver el mundo con los ojos de Dios y amar la vida con el corazón de Dios. La radicalización en el amor gratuito que supone la oración, convierte al orante en un hombre para los demás. La Palabra hecha carne en la vida del orante, le empuja a ser palabra de amor hasta llegar a la Cruz (“Nadie ama más que el que da la vida por sus amigos”. Jn 15, 13). expresión máxima del amor de Dios a los hombres (cf. Jn 3, 16). Por ello, orar es incorporar a la vida la fecundidad de la cruz de Cristo.
La autenticidad de una vida orante se mide por su disponibilidad al servicio de los demás, por su realismo a la hora de situarse en la lucha contra el mal y en la búsqueda y defensa de la verdad que nos hace libres. El orante podrá no ser un héroe en los combates contra la injusticia, pero es seguro que será un sincero defensor de la vida de toda situación en que, según su capacidad de análisis, aparezca para él vulnerada o amenazada. De ahí que una oración evasiva, que nos aleje de los problemas y preocupaciones de nuestros contemporáneos, será todo menos oración cristiana. Los hombres necesitan y esperan de mí aquello que ha madurado en mi vida al calor de la oración.
Oración y autenticidad en la vida cristiana.
La construcción de la fraternidad en el mundo y el servicio solidario a los pobres de la tierra, exigencias de toda vida que no renuncie a ser humana, son potenciadas y purificados en la experiencia orante. ¿Cómo vivir el gozo del amor del Padre, sin sentirse obligado a compartirlo con los hermanos, trabajando por la unidad, la paz y los derechos humanos, dondequiera que nos encontremos? ¿Será posible relacionarse con el Dios trinitario, el Dios de la comunión interpersonal y permanecer indiferente ante problemas tan graves como la guerra, el hambre, el racismo, la xenofobia, que pretenden negar la imagen de Dios en el hombre y en el entresijo de sus relaciones sociales? Pues bien, la oración me recuerda de continuo que, aun siendo claro que yo no soy el salvador de nada ni de nadie, Dios quiere seguir salvando a alguno a través de mí, a condición de que yo me deje poner a punto por medio de los largos ratos perdidos en la oración.
La oración me pone a punto (“Vosotros haréis las obras que yo hago y aun mayores”. Jn 14, 12) para la obra, siempre en marcha, de Dios en Cristo y en su Iglesia. Por ello quiero recordar esa vieja verdad de que sin la oración, se desvirtúa el conjunto de la vida cristiana. Liturgia sin oración deviene en ritualismo carente de todo calor humano, festivo, profético. Comunidad sin oración es pura sociología, masa informe desprovista de carismas, estructura sostenida por leyes y poder. Apostolado sin oración es activismo que vacía a sus agentes de toda ternura, es tecnicismo pastoral, indoctrinación, ajetreo que desemboca en los mejores casos en temporalismo. La oración es tan comprometedora que su ausencia e incluso el mal uso de la misma, compromete la autenticidad del testimonio cristiano.
Concluyendo. Si la oración no es comprometida, no es cristiana; pero si el compromiso no es orante, no brota al calor de la oración y conduce de nuevo a la necesidad de consultar con El, de descansar con El, nos llevará a actuaciones marcadas por el protagonismo personal o de grupo, por la competitividad y el proselitismo, el autoritarismo y el dogmatismo, actitudes todas que, lejos de construir el Reino, lo dificultan. El Reino se construye en la transmisión de la amorosa experiencia de Dios. La oración es crisol de actitudes evangélicas.
Cómo orar desde la vida
Pero ¿cómo se reza desde la vida? ¿No nos insistían los maestros de oración en que antes que nada hay que vaciarse, en que hay que despojarse? Antes de contestar a esto, recordemos a Moisés. No se ha vaciado de su ira ni de su esperanza, de su pasión por el pueblo ni de su solidaridad. No se ha despojado de sus ansias de justicia ni de su esperanza. Por el contrario, en ellas ha clavado las raíces de su plegaria. No es de nuestras pasiones de lo que debemos despojarnos para orar porque precisamente son ellas las que nos llevan a la oración.
Debemos, expropiarnos de lo que no somos nosotros mismos, de los agobios y prisas con que el mundo pretende atraparnos, de las depresiones y desfallecimientos que nos asaltan, de “las raposas que destrozan nuestras viñas” (Cant 2, 15). San Juan de la Cruz ha hablado de “gustos y encantamientos y deleites” y de “gustillos, asimientos, asimientillos, propiedad”, que nos impiden abrirnos a la totalidad y cómo para buscar a Dios hace falta “un corazón desnudo y fuerte, libre de todos los males y bienes que puramente no son Dios”. El hombre que reza no es el hombre sin pasiones sino, al contrario, el hombre apasionado. Con la condición de que lo sea no sólo por él y por los suyos, no solamente por sus asuntos sino por los asuntos de toda la humanidad. No hay que desinteresarse para ir a la oración porque la nuestra es una oración interesada. Como la de Jesús, que había venido a prender fuego al mundo y qué más quería sino que ardiese (Lc 12, 49).
¿Cómo sabremos que oramos desde la vida?
Si queremos enunciar algunos criterios ‑y pueden sin duda ser también otros‑ tendremos que formularlos como uniones de contrarios:
§ La comunión con los grandes anhelos de la humanidad y a la vez la valoración de las pequeñas cosas. Como el mismo Jesús, movido por esa buena noticia para todo el pueblo, no desdeñaba la atención a cada uno, a los acontecimientos poco importantes que afectaban sin embargo a las personas.
§ La dedicación de tiempo, dinero, esfuerzos a los grandes temas de hoy y a la vez el cultivo de los gestos primarios, la relación individual de personas, en especial con personas más marginadas.
§ La seriedad al encarar la vida y la resistencia a toda trivialización, pero también el humor sobre sí mismo y sobre los otros.
§ La radicalidad con los principios, pero también la tolerancia del que sabe que el trigo y la cizaña han de crecer juntos, también dentro de nosotros mismos.
§ Tener como un permanente punto de referencia en los pobres sin caer en un puritanismo rígido y esterilizante, de modo que nos vayamos despojando de tantas cosas ‑e ideas‑ superfluas y encadenantes, pero siendo capaces de gozar de la vida.
§ El deseo y la búsqueda de la oración, pero con una desconfianza ante las Adulzuras sentimentales@.
§ La urgencia de quien desea la salvación y la paciencia de quien conoce su lentitud en su paso por la realidad. Una paciencia que se muestra en la resistencia al cansancio.
§ En definitiva, la confianza, que se manifiesta tanto en nuestras acciones como en el estilo en el que nos dirigimos a Dios.
La oración desde la vida tiene que acabar en alabanza. Cuando nos hayamos aceptado a nosotros mismos, cuando nos hayamos despertado ante la lentitud de la verdad en su camino en un mundo obtuso pero hayamos respetado su ritmo, cuando la cruz nos haya tocado y, pidiendo que pase, la hayamos admitido como parte de la condición humana, cuando hayamos verificado que nuestros pensamientos son largos y cortas nuestras obras, si a pesar de todo hemos guardado una mirada para la verdad y la belleza, para la generosidad que brota a pesar de todo y para quienes, a pesar de todo, “no han despertado nunca”, podremos cantar con Santa Teresita “las misericordias del Señor”, con San Juan de la Cruz sabremos de “la fonte que mana y corre, aunque es de noche” y con María podremos decir con verdad que “el Señor ha hecho en mí maravillas”.
En 1923, en las estepas de Asia, sin pan, sin vino ni altar, a la hora del amanecer, Teilhard de Chardin quiso ofrecer como sacerdote, sobre el altar de la tierra entera, el trabajo y las penas del mundo. Su familia, aquellos que se fueron reuniendo en torno a él por las afinidades del corazón, de la investigación y del pensamiento, la masa innumerable de los vivientes, los que vienen y los que se van, esa multitud agitada cuya inmensidad nos amedrenta, eso fue “la materia del sacrificio”. La ofrenda no debía ser menos que el crecimiento del mundo llevado por la evolución universal. Y Teilhard rezó así: “Recibe, Señor, esta hostia total que la creación, movida por su atracción, te presenta en el nuevo amanecer. Este pan, nuestro esfuerzo, no es por sí mismo, lo sé muy bien, más que una desagregación inmensa. Este vino, nuestro dolor, no es todavía sino un brebaje disolvente. Pero en el fondo de esta masa inmensa tú has puesto ‑estoy seguro porque lo siento‑ un deseo irresistible y santificante que nos hace gritar a todos, desde el impío al creyente: “¡Señor, haznos uno!”... A tu cuerpo en toda su extensión, es decir, al mundo que, por tu poder y por mi fe, se ha hecho el crisol magnífico, y viviente en que todo desaparece para renacer... yo me consagro para por él vivir y morir, Jesús”.
Finalizamos esta ficha con estas sugerencias para que nuestra vida, nuestra acción, se convierta en oración:
1.‑ Comienza por vivir con frecuencia momentos de oración; distendidos y a solas.
2.‑ Con el amanecer de cada jornada, no pienses que comienza simplemente “un día más”. No, ésta es una oportunidad muy concreta que Dios te brinda para extender su Reino. Apréciala como tal.
3.‑ No pienses que “cualquier acción” que puedas realizar es susceptible de ser convertida en “oración”. Procura elegir aquéllas que más favorezcan la llegada del Reino de Dios y su justicia.
4.‑ Recuerda luego que Jesús nos dijo: “Id por todo el mundo... yo estaré con vosotros día tras día” (Mt 28, 29). Imagina que te lo acaba de repetir a ti ahora que comienza éste. Y no te sientas solo en ningún momento. ¡El está contigo!
5.‑ Yendo con El tan codo a codo, no puedes menos de pedirle que todas tus intenciones, palabras y acciones vayan durante este día orientadas a su servicio.
6.‑ A lo largo de estas veinticuatro horas, no te obsesiones con tratar de ver o de pensar en Dios a cada paso. Le brindaste este tiempo. Le sientes junto a ti y con eso basta.
7.‑ Con todo, bueno será que en determinados momentos poses tu mirada con un poco más de paz, cariño y fe sobre esa persona que tienes cerca, ese ambiente que te rodea o ese acontecimiento del que te llega noticia. Para eso, para que trates de bucear y descubrir la presencia o ausencia de Dios en todo ello.
8.‑ Y para que, aunque no sea más que fugazmente, saltes a la súplica, la gratitud o alabanza hacia Dios.
9.‑ Luego, al caer de la tarde y cansado de tanto luchar, siéntate más junto a Jesús y reproduce la escena de Mc 6, 30‑31. Pasa revista, detalle por detalle, a toda la jornada. El te ayudará a discernir lo hecho con buen o mal espíritu.
10.‑ Por fin, ya no te queda más que recordar aquello de que “siervos inútiles somos”. Pedir disculpas. Entregarte al sueño con la confianza de quien se sabe en brazos del más tierno y amoroso de los Padres y soñar... Soñar con la lucha de mañana, de nuevo junto a El...
PENSAMOS Y DIALOGAMOS.
‑ Relee y aplica a tu vida las sugerencias que se hacen para que “tu vida se convierta en oración”.
‑ ¿Haces ya algo de todo esto?
‑ ¿Haces algo, que no aparezca en la ficha, y que a ti te ayuda a orar tu vida, la vida?
SEÑOR, ENSÉÑANOS A REZAR.
‑ Ponte en presencia del Señor. Invoca al Espíritu Santo.
‑ Comienza leyendo este texto:
(De Hedwig Lewis).
En cierta ocasión, San Francisco de Asís invitó a un fraile joven a que le acompañara a la ciudad, para predicar. Se pusieron en camino y anduvieron por las principales calles de la ciudad. Varias personas se volvían hacia ellos para saludarles amistosamente. Devolvían el saludo con una inclinación, una sonrisa o unas palabras amables. De vez en cuando, se detenían para acariciar a un niño o para hablar con alguien. Durante todo el paseo, San Francisco y el fraile mantenían entre ellos una animada conversación. Después de haber callejeado durante un buen rato, el fraile joven pareció inquieto y le pregunto a San Francisco dónde y cuándo iban a comenzar su predicación.
Hemos estado predicando desde que atravesamos las puertas del convento ‑le replicó el santo‑ . ¿No has visto cómo la gente observaba nuestra alegría y se sentía consolada con nuestros saludos y sonrisas? ¿No han advertido lo alegres que conversábamos entre nosotros, durante todo el camino? Si estos no son unos pequeños sermones, ¿qué es lo que son?
Proceded como hijos de la luz: fruto de la luz es toda bondad. Efesios 5, 8‑9
‑ ¿Hallas a Dios en las acciones de los demás?
‑ ¿Haces que tu luz “brille ante la gente, para que vean tus buenas obras y glorifiquen a tu Padre que está en los cielos”? (Mateo 6, 16).
‑ Pide gracia para ser la luz de Cristo ante el mundo.
¿Dime la diferencia entre uno que predica y uno que practica? Los que predican usan una antorcha para iluminar el camino; los que practican son la antorcha.
1.‑ OBJECIONES A LA ORACIÓN.
“La oración es un don de la gracia y una respuesta decidida por nuestra parte. Supone siempre un esfuerzo. Los grandes orantes de la Antigua Alianza antes de Cristo, así como la Madre de Dios y los santos con El nos enseñan que la oración es un combate. ¿Contra quién? Contra nosotros mismos y contra las astucias del Tentador que hace todo lo posible por separar al hombre de la oración, de la unión con su Dios. Se ora como se vive, porque se vive como se ora. El que no quiere actuar habitualmente según el Espíritu de Cristo, tampoco podrá orar habitualmente en su Nombre. El “combate espiritual” de la vida nueva del cristiano es inseparable del combate de la oración”. (Catecismo n1 2725)
Es conveniente que empecemos diciendo cómo existen conceptos erróneos sobre lo que es la oración y sobre lo que uno va buscando cuando inicia el camino de la oración.
a).‑ Hay quienes ven en la oración casi exclusivamente un medio psicológico para encontrar la paz y el bienestar emocional. En la oración nos centraríamos de tanta dispersión como vivimos. También los hay que buscan principalmente una energía mental que les ayude a concentrarse...
b).‑ Por otra parte, muchos dicen que no tienen tiempo, que ellos piensan en Dios mientras hacen las tareas de cada día.
c).‑ Tampoco faltan quienes dicen: orar, ¿para qué? No sirve de nada, es algo inútil. En vez de orar dedico ese tiempo a trabajar o a hacer el bien, y eso es más provechoso.
d).‑ Nos encontramos también con hombres y mujeres que hace algún tiempo oraban, pero ‑según ellos‑ fracasaban. Comentarios o sentimientos del tipo de: “me desanimé al no sentir nada” ; “me entristecía al comprobar cómo mi vida no era mejor que antes de orar”; “me decepcionó: pedía cosas a Dios y no me escuchaba” ; incluso hay quienes dicen: “no soy digno de ponerme ante Dios a orar, y por eso no lo hago”...
Terminamos indicando cuatro dificultades básicas (en las siguientes fichas hablaremos un poco más detenidamente de otras):
1.‑ La inapetencia, la falta de ganas. Igual que hay gente que se queda sin ganas de vivir, o de amar,... pues con la oración igual. Y claro, cuanto menos se ora, se tienen menos ganas de orar. Habría que decir: “ora sin ganas, para que poco a poco, a fuerza de orar sin ganas, te entren ganas de orar”.
2.‑ Sensación de impotencia: Es la experiencia del no sé, no puedo. Quizá haya que decir que no hay nadie que no sepa decirle algo a Dios. Por lo menos, desde la propia indigencia y necesidades, uno siempre sabe decir: “Señor, ayúdame”.
3.‑ La indiferencia personal: Es la de aquellos que dicen: “Es que Dios, la oración, no me dice nada”. “Me pongo ante Dios y no estoy ni frío ni caliente”. Todos sabemos que cuando la amistad con alguien no la cuidamos se va enfriando, y al paso del tiempo, ya no experimentamos nada en presencia de esa persona que hace tiempo fue nuestro amigo/a.
Quizá viene bien recordar ese proverbio que dice: Recorre a menudo el camino que conduce a la casa de tu amigo, no sea que de no recorrerlo crezcan hierbas.
4.‑ “Yo”. Sí, esta sencilla palabra. Con esto no estamos diciendo que una buena y sana autoestima sea una dificultad para orar, al contrario. Aquí nos referimos a lo que en psicología podría llamarse “narcisismo” y “autismo”. Serían aquellas personas que están tan cerradas y pendientes de sí mismas que son incapaces de abrirse a los demás, de comunicarse.
Y claro, la oración es diálogo, escucha y respuesta.
Con el catecismo decimos: “Es necesario luchar con humildad, confianza y perseverancia, si se quieren vencer esos obstáculos” (Catecismo nº 2728).
PENSAMOS Y DIALOGAMOS.
‑ ¿Tú oras?
‑ Cuando oras, ¿por qué lo haces?
‑ ¿Te vienen, de vez en cuando, a tu mente o a tu corazón, pensamientos que te cuestionan el hecho de orar?
‑ De las objeciones que aparecen en la ficha, ¿se da en ti alguna?
‑ ¿Cómo superas tú esas objeciones?
SEÑOR, ENSÉÑANOS A REZAR.
‑ Ponte en presencia del Señor.
‑ Pide la fuerza del Espíritu Santo.
‑ Trata de responderte a esta pregunta: ¿qué busco? ¿qué es lo que deseo?.
‑ Lee despacio el Salmo 63 (62).
‑ Haz un ejercicio de memoria recordando la “historia de tus búsquedas”.
‑ Siéntete unido a tanta gente que, a tientas y en medio de la noche, camina con hambre y con sed de una vida más humana y de un sentido para esa vida...
‑ Después de un rato de silencio y de oración, piensa... “Dios me busca y me desea”
‑ Recuerda ahora momentos de tu vida en que “Dios te ha buscado”
‑ Puedes leer el Salmo 139 (138).
‑ María también buscó a Jesús (Lucas 2, 41‑50). Habla con María de tu búsqueda de Jesús y de tu deseo de El. Pídele que te ayude a encontrarlo, como lo encontró ella...
‑ Puedes terminar con un Padre Nuestro o Ave María.
2.‑ NECESIDAD DE UNA HUMILDE VIGILANCIA FRENTE A LAS DIFICULTADES.
a).‑ Las distracciones forman parte de lo que podríamos llamar la dificultad habitual de todos.
Si a una persona tristona y supercansada se le aconseja distraerse, normalmente en la oración puede suceder lo contrario: “padecemos las distracciones contra nuestra voluntad”.
Unas veces las distracciones brotan del ritmo de vida que llevamos, prisas, nervios, o del lugar y el momento del día: ruidos excesivos, estamos muy cansados, etc.
Pero lo que más nos distrae puede provenir de nuestro interior: pensamientos, sentimientos, disgustos, penas, preocupaciones.
Nos podemos preguntar: ¿y qué podemos hacer?
Una cosa es clara: salir a la caza de la distracción es caer en sus redes. Si la causa de las distracciones proviene del lugar, momento, etc en que estamos orando, se puede intentar buscar ‑si está a nuestro alcance‑ un lugar más tranquilo o apartado, o un momento del día en que sepamos que no nos van a interrumpir continuamente. No obstante, esto no siempre será posible. Habrá que procurar, entonces, recuperar y ganar para la oración todas esas circunstancias ambientales que nos están molestando. Si provienen de nuestro interior, es preferible no darles importancia. Molestan, pero no impiden la oración. Es cierto que quizá no me dejen pensar y meditar, pero si la oración no consiste en pensar mucho, sino en amar mucho, las distracciones no me impedirán estar en presencia del Señor con grandes deseos de amar.
Desde esta humilde toma de conciencia de nuestras limitaciones, nos ofrecemos al Señor y pedimos ser purificados.
b).‑ Otra dificultad es la sequedad.
“Forma parte de la contemplación en la que el corazón está seco, sin gusto por los pensamientos, recuerdos y sentimientos, incluso espirituales. Es el momento en que la fe es más pura, la fe que se mantiene firme junto a Jesús en su agonía y en el sepulcro. “El grano de trigo, si muere, da mucho fruto” (Jn 12, 24). Si la sequedad se debe a falta de raíz, porque la Palabra ha caído sobre roca, no hay éxito en el combate sin una mayor conversión (cf Lc 8, 16.13)”. (Catecismo nº 2731)
Te ofrecemos unas poesías de San Juan de la Cruz:
Cántico espiritual (Estrofas selectas)
¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido? Como el ciervo huiste, habiéndome herido, salí tras ti clamando, y eras ido.
Pastores, los que fuerdes allá por las majadas al otero, si por ventura vierdes aquel que yo más quiero, decidle que adolezco, peno y muero. Buscando mis amores, irá por esos montes y riberas; ni cogeré las flores, ni temeré las fieras, y pasaré los fuertes y fronteras.
¡Oh bosques y espesuras, plantadas por la mano del amado! ¡Oh prado de verduras, de flores esmaltado! Decid si por vosotros ha pasado.
Mil gracias derramando ó por estos sotos con presura, y, yéndolos mirando, con sola su figura vestidos los dejó de hermosura. .........................................................
Apaga mis enojos, pues que ninguno basta a deshacellos, y véanse mis ojos, pues eres lumbre dellos, y solo para ti quiero tenellos.
Descubre tu presencia, y mátame tu vista y hermosura; mira que la dolencia de amor, que no se cura sino con la presencia y la figura.
¡Oh cristalina fuente, si en esos tus semblantes plateados formases de repente los ojos deseados que tengo en mis entrañas dibujados! ...........................................................
Gocémonos, Amado, y vámonos a ver tu hermosura al monte y al collado, do mana el agua pura; entremos más adentro en la espesura.
PENSAMOS Y DIALOGAMOS.
‑ ¿Son frecuentes las distracciones en tus momentos de oración?
‑ ¿Te cuesta concentrarte en otras tareas: como estudiar, leer, trabajar,... ?
‑ ¿Crees tú que puede haber alguna cosa que influya en tus distracciones?
‑ Cuando te vienen distracciones en los momentos de oración, ¿qué haces normalmente?
‑ ¿Has tenido momentos de sequedad en tu vida y en tu vida de oración? ¿Qué pensamientos y sentimientos tenías? ¿Cómo ves, desde ahora, esos momentos de tu vida?
SEÑOR, ENSÉÑANOS A REZAR.
‑ Ponte en presencia del Señor. Invoca la presencia del Espíritu Santo.
‑ Lee Lucas 10, 38‑42. Fíjate en Marta: agitada, dispersa... En María: silenciosa, centrada.
‑ Déjate mirar por Jesús.
‑ Lee el Salmo 1º
‑ Imagínate a ti mismo como un árbol: siente tus raíces, tus ramas, tus hojas... el circular de la savia... ¿Qué clase de árbol eres: frondoso, seco, alto, débil...? ¿Donde estás plantado?... ¿Tienes alguna cerca?
‑ Escribe una oración como si ese árbol que eres tú, joven o viejo, bien regado o necesitado de agua, en invierno o en primavera, hablara con Dios.
‑ Vuelve a leer el salmo y deja que crezca en ti el deseo de tener tus raíces cerca del agua y de ser feliz a la manera de ese creyente que nos dice, que te dice, la Palabra de Dios.
‑ Acaba este rato de oración, dirigiéndote a Dios con tus propias palabras, espontáneas, lo que te salga de dentro.
3.‑ NECESIDAD DE UNA HUMILDE VIGILANCIA FRENTE A LAS TENTACIONES EN LA ORACIÓN.
a).‑ La falta de fe.
“La tentación más frecuente, la más oculta, es nuestra falta de fe. Esta se expresa menos en una incredulidad declarada que en unas preferencias de hecho. Cuando se empieza a orar, se presentan como prioritarios mil trabajos y cuidados que se consideran más urgentes; una vez más, es el momento de la verdad del corazón y de clarificar preferencias. En cualquier caso, la falta de fe revela que no se ha alcanzado todavía la disposición propia de un corazón humilde: “Sin mí, no podéis hacer nada” (Jn 15, 5)”. (Catecismo nº 2732)
Podríamos también hacer referencia aquí a la incógnita de Dios.
Los creyentes decimos que Dios es Padre, que Dios es amigo, que camina siempre con nosotros, que toda la creación habla de Dios,..., pero si todo esto es cierto, también lo es que Dios no es sujeto de experiencia al estilo como lo son los amigos o los amores humanos. Dios siempre está más allá... A menudo parece que Dios calla... Es como si Dios estuviera más allá de lo que pensamos y sentimos.
Quizá por esto, puedan ser frecuentes en los orantes, reacciones como estas:
‑ “Señor, no te entiendo” (desconcierto). ‑ “Es que nosotros creíamos...” (desencanto) ‑ o el temor, o las prisas,...
San Juan de la Cruz nos invita a:
‑ Purificar la propia fe ‑ educarnos a adorar ‑ educarnos en la oblación, entrega incondicional.
b).‑ La acedía.
“Otra tentación a la que abre la puerta la presunción es la acedía. Los Padres espirituales entienden por ella una forma de aspereza o desabrimiento debidos a la pereza, al relajamiento de la ascesis, al descuido de la vigilancia, a la negligencia del corazón. “El espíritu está pronto pero la carne es débil” (Mt 26, 41). El desaliento, doloroso, es el reverso de la presunción. Quien es humilde no se extraña de su miseria; ésta le lleva a una mayor confianza, a mantenerse firme en la constancia." (Catecismo nº 2733)
Puede ser conveniente hablar aquí de cómo el orante ha de buscar cómo ensamblar vida y oración. Necesitamos orar la vida (de esto se habla en otra ficha), y necesitamos que nuestra oración y nuestro estilo de vida caminen en la misma dirección.
Cuando uno vive una vida que dista mucho del Evangelio, o no se esfuerza en superar el pecado, el egoísmo, ni en vivir el amor, antes o después se dirá: ¿y para qué estoy orando?
La salida más fácil será la de decir: “dejo de orar”. En realidad, ceder a esta tentación no llevará a nada bueno. Hemos de seguir orando, reconociendo nuestros fracasos, apostando con decidida determinación por Dios y por los demás. Poco a poco, el Amor ‑que es más fuerte que el pecado‑ nos irá llenando y configurando con su Hijo Jesús, y si respondemos con nuestro esfuerzo humilde y confiado, los frutos se verán.
PENSAMOS Y DIALOGAMOS.
‑ ¿Te postras cada día ante el Señor, con humildad, reconociéndolo como el Señor de tu vida?
‑ ¿Crees en Dios?
‑ ¿Quién es Dios en tu vida?
‑ ¿Quién dices que es Jesús?
‑ En tu vida y en tu vida de oración, ¿pides a Dios que no abandone la obra de sus manos que está realizando en ti?
‑ En los momentos oscuros de tu vida, ¿tienes paciencia en la espera del Señor?
SEÑOR, ENSÉÑANOS A REZAR.
(Dolores Aleixandre).
‑ Ponte en presencia del Señor.
En Lc 19, 1‑10 encontramos el icono de Zaqueo.
‑ Lee despacio la escena sintiéndote dentro de ella: también tú acaparas muchas “riquezas injustas”: lo que sabes, puedes, tienes; también tú quieres saber quién es Jesús; también tú eres “pequeño de estatura” para poder verle, y muchos tipos de “multitudes” te lo están impidiendo; también tú estás tratando de poner algún medio para verle.
“Jesús, llegando a aquel sitio, alzó la vista ...”
Antes de que os dijera a Zaqueo y a ti: “Baja pronto, que quiero hospedarme en tu casa”, su mirada os ha hablado de acogida incondicional, de su deseo de encontrarse con él y contigo, de la alegría que le da su presencia y la tuya, de las expectativas de amistad que tiene sobre él y sobre ti.
En su mirada no hay, en ese primer momento, ni exigencia, ni corrección, ni siquiera llamada a la conversión; tan sólo hay una oferta de perdón gratuito y una llamada a entrar en otro nivel de relación.
Deja que fluyan en ti el agradecimiento, la alegría de ser mirado así, de recibir esa llamada a una mayor intimidad. Sé consciente de que la transformación de Zaqueo, su conversión a la justicia y a la generosidad nacieron de ahí. Ponte delante de Jesús con “todos sus bienes” y dile qué quieres hacer con ellos. Escucha como pronunciadas para ti las palabras de Jesús:
“El Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido...”
‑ Entre todas las palabras que pronunciaron los labios de Jesús, vamos a escuchar algunas que giran en torno a dos temas que parecen contradictorios y no lo son: el ánimo y la exigencia. Están tomadas del evangelio de san Lucas (en algún rato de lectura podrías ir buscando las de otro evangelista):
‑ En primer lugar escucha con el corazón unas palabras que nacen de la misión que el Padre ha confiado a su Hijo y que el Segundo Isaías expresa así:
“Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios...” “El Señor me ha dado una lengua de discípulo para que haga saber al cansado una palabra alentadora” (Is 40, 1 ; 50, 4).
“No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros el Reino” (Lc 5, 32).
“No necesitan médico los sanos, sino los que están enfermos. No he venido a llamar a conversión a los justos, sino a los pecadores” (Lc 5, 32).
“Hija, tu fe te ha sanado; vete en paz” (Lc 8, 48).
“Tus pecados te quedan perdonados” (Lc 5, 23).
“Alegraos conmigo, porque he encontrado la oveja que se me había perdido” (Lc 15, 6).
“Hoy ha llegado la salvación a esta casa” (Lc 19, 8).
‑ Guarda un rato de silencio.
‑ Deja que alguna de estas frases de Jesús te vaya resonando interiormente.
‑ Termina con un Padrenuestro o con una oración espontánea.
Y yo, pobre soy y desdichado, pero el Señor piensa en mí.
Salmo 39,18
4.‑ LA CONFIANZA FILIAL FRENTE A LA TRIBULACIÓN DE QUIEN PIENSA QUE SU ORACIÓN NO ES ESCUCHADA.
Posiblemente todos hemos tenido la experiencia de orar a Dios, y pedirle algo para nosotros o para personas a las que queremos y no haberlo conseguido. Incluso habremos dicho: “Dios no me ha concedido lo que he pedido”.
Esta experiencia contrasta con esa afirmación evangélica, tan repetida por Jesús “Pedid y recibiréis...” , “Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre se os concederá...”
Y la consecuencia es que hay quien deja de orar porque piensa que Dios no escucha su oración.
A esta queja se le plantean dos cuestiones:
Cómo pedimos. Cómo entender la eficacia de la oración.
Respecto al primer aspecto sobre el cómo pedimos, también tenemos afirmaciones de Jesús en las que nos dice;: “No sabéis lo que pedís”.
¿Estamos convencidos de que “no sabemos pedir como conviene”? (Romanos 8, 26).
¿Y de que lo que pedimos, es en realidad lo que nos conviene?
¿Y de que lo mejor es que Dios nos conceda lo que pedimos, como se lo pedimos, y cuanto antes?
“No te aflijas si no recibes de Dios inmediatamente lo que pides: es él quien quiere hacerte más bien todavía mediante tu perseverancia en permanecer con él en oración” (Evagrio, or. 34). “El quiere que nuestro deseo sea probado en la oración. Así nos dispone para recibir lo que él está dispuesto a darnos” (San Agustín, ep. 130, 8, 17).
Jesús también dijo refiriéndose a la oración de petición: ... Dará cosas buenas a los que le piden ... Dará el Espíritu Santo...
La segunda cuestión necesita de nosotros una confianza filial en el Padre. Dios actúa en la historia. Y la confianza es suscitada por medio de su acción por excelencia: la Pasión y la Resurrección de su Hijo. La oración cristiana es cooperación con su Providencia y su designio de amor hacia los hombres. Esta confianza se basa en la oración del Espíritu en nosotros y en el amor fiel del Padre que nos ha dado a su Hijo Jesús. La transformación del corazón del orante es ya la primera respuesta a nuestra petición. Pues lo decisivo no es que Dios haga nuestra voluntad, sino que nosotros deseemos que se haga su voluntad en el cielo y en la tierra.
Y claro, cuando oramos, Jesús ora en nosotros y con nosotros. Y el corazón del Hijo no busca más que lo que agrada al Padre. No es raro, entonces, que esta sea una gran eficacia de la oración: que el orante llegue a no desear ni pedir más que lo que agrade al Padre.
Y acabamos con San Agustín, que decía:
“La caridad misma gime. La caridad misma ora. Ante ella, no puede cerrar los ojos el que nos la ha dado. Puedes estar seguro, donde está ella, allí estarán los oídos de Dios. ¿No sucede lo que tú quieres? Sucederá lo que es mejor para ti”. Es lo que sucedió a San Pablo, según nos cuenta en 2 Cor 12, 7‑10.
Pablo pide repetidamente verse libre de una prueba que lo humillaba. Dios no le libra de ese nefasto aguijón clavado en su carne; pero le asegura que “le basta su gracia”. Es decir, le da a cambio un regalo de mucho más valor: el caer en la cuenta del valor evangélico que tiene toda prueba. Es entonces cuando Pablo, que no ha recibido lo que pedía, tiene el coraje de gritar: “La fuerza se manifiesta en la debilidad... Por eso, muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo... Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte”
PENSAMOS Y DIALOGAMOS.
‑ De lo que has leído en la ficha, subraya aquellas frases que se dan en tu vida.
‑ ¿Tú sueles pedir a Dios?
‑ ¿Piensas a menudo que tu oración no es escuchada?
‑ ¿Has tenido experiencia de pedir a Dios algo que no se te haya concedido, pero que hayas tenido la convicción interior de que tu oración había sido escuchada? Recuerda cómo fue.
SEÑOR, ENSÉÑANOS A REZAR.
PADRE: Lo mismo que aquel discípulo pidió a tu Hijo: “Señor, enséñanos a orar”, venimos hoy a rogarte nos enseñes esa concreta modulación orante que llamamos: “Oración de petición”
Son muchas nuestras dudas e ideas equivocadas sobre ella. Por eso te pedimos poco y mal. Nos decimos, por ejemplo: “Pedí y no conseguí”. Haz que, como san Agustín, caigamos en la cuenta de que son muchas las ocasiones en las que, siendo malos, pedimos cosas malas e, incluso, las pedimos mal.
Pero insistimos. A diario vemos cómo gente inocente, pide cosas justísimas y con toda su alma, su vida y su corazón. ¡Y no consiguen nada! ¡Tú sigues callado! Señor: Concédenos la gracia de interpretar esas respuestas que en uno y otro lenguaje, por uno u otro camino, siempre das al que pide. Una respuesta libre, distinta muchas veces de la que como orantes esperábamos. Pero respuesta al fin que nos llega del más sabio y entrañable de los padres.
Hay ocasiones en las que también dudamos y nos decimos: ¿Para qué pedir, si Tú sabes de sobra las cosas que de verdad nos convienen? ¡Pobre argumento! Olvidamos la diferencia que hay entre informar y suplicar. Cierto, Dios mío, que Tú no necesitas ninguna información; haz que recordemos, sin embargo, tu deseo de que sí te pidamos.
¿Para qué pedir murmuran otros si es imposible cambiar lo que Dios tenga ya decidido? Nada más verdadero que lo de que tu voluntad, Señor, es inamovible. Pero la nuestra no. Fuerza nuestra plegaria hasta que oremos, no para que Tú realices nuestros planes, sino para que cada uno de nosotros, tus hijos, dobleguemos nuestro querer y tengamos el amor suficiente para realizar los tuyos.
Pero en ocasiones estamos al borde del desánimo ¡Es ya tan largo el tiempo que venimos rogando! ¿Por qué, a veces, es tan tardía tu respuesta? Gracias, Señor, por la respuesta que nos das a través de San Agustín: “Las cosas largamente deseadas nos dice se valoran más y se reciben con más gusto.
Que caigamos también en la cuenta, Padre, de que en numerosas ocasiones, quizás no conseguimos lo que pedimos, por pedirte... muy poco. Es decir, por pedir chucherías que en nada van a incrementar nuestro amor hacia Ti o hacia nuestros hermanos, los hombres. Haz que descubramos el eficacísimo servicio eclesial que podemos hacer, si, a la vez que compartimos en la caridad las alegrías y las penas de toda la Humanidad, te las ofrecemos envueltas en medio de nuestra pobre, pero confiada plegaria.
Padre: Anímanos a pedirte siguiendo siempre aquellos consejos que aprendimos en nuestro ya lejano catecismo infantil, esto es, con... atención, humildad, confianza y perseverancia.
(Revista orar)
Página de 6.-: La Oración cristiana. Fichas nº 21- final
5.‑ PERSEVERAR EN EL AMOR.
Transcribimos los números del Catecismo de la Iglesia Católica 2742 ‑ 2745.
“Orad constantemente” (1 Ts 5, 17), “dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo” (Ef 5, 20), “siempre en oración y súplica, orando en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con perseverancia e intercediendo por todos los santos” (Ef 6, 18). “No nos ha sido prescrito trabajar, vigilar y ayunar constantemente; pero sí tenemos una ley que nos manda orar sin cesar” (Evagrio, cap. pract. 49). Este ardor incansable no puede venir más que del amor. Contra nuestra inercia y nuestra pereza, el combate de la oración es el del amor humilde, confiado y perseverante. Este amor abre nuestros corazones a tres evidencias de fe, luminosas y vivificantes:
1) Orar siempre es posible: El tiempo del cristiano es el de Cristo resucitado que está “con nosotros, todos los días” (Mt 28, 20), cualquiera que sean las tempestades (cf Lc 8, 24). Nuestro tiempo está en las manos de Dios:
Es posible, incluso en el mercado o en un paseo solitario, hacer una frecuente y fervorosa oración. Sentados en vuestra tienda, comprando o vendiendo, o incluso haciendo la cocina. (San Juan Crisóstomo, ec. 2)
2) Orar es una necesidad vital: si no nos dejamos llevar por el Espíritu caemos en la esclavitud del pecado (cf Ga 5, 16‑25).
¿Cómo puede el Espíritu Santo ser “vida nuestra”, si nuestro corazón está lejos de él?
Nada vale como la oración: hace posible lo que es imposible, fácil lo que es difícil. Es imposible que el hombre que ora pueda pecar (San Juan Crisóstomo, Anna 4, 5)
Quien ora se salva ciertamente, quien no ora se condena ciertamente (San Alfonso María de Ligorio, mez.).
3) Oración y vida cristiana son inseparables porque se trata del mismo amor y de la misma renuncia que procede del amor. La misma conformidad filial y amorosa al designio de amor del Padre. La misma unión transformante en el Espíritu Santo que nos conforma cada vez más con Cristo Jesús. El mismo amor a todos los hombres, ese amor con el cual Jesús nos ha amado. “Todo lo que pidáis al Padre en mi Nombre os lo concederá. Lo que os mando es que os améis los unos a los otros” (Jn 15, 16‑17).
Ora continuamente el que une la oración a las obras y las obras a la oración. Sólo así podemos encontrar realizable el principio de la oración continua (Orígenes, or. 12)."
Traemos un testimonio, sacado de la revista “Cuadernos de oración”, que puede ayudarnos a completar esta ficha:
Un mensaje de hermano
Cuando entres en el camino de la oración piensa que has sido invitado a introducirte en el encuentro de comunión y de amor con Jesús merced a la gratuidad del amor del Padre. Él te ha llamado porque quiere que conozcas su rostro de amor, Cristo Jesús y junto a Él, con Él y en Él, puedas entrar en la gran fiesta de comunión que es la Trinidad. La Santa Trinidad te acoge en su seno... allí tú, envuelto en la presencia, inundado de amor, vives en la comunión incesante, participas en el proyecto salvador, compartes la plenitud de la vida. La Santa Trinidad está en tu corazón. Acógela con amor. Sé testigo del don de ser habitado por Dios por medio de la misericordia, la comprensión, la ternura y la disponibilidad con las que acoges a los hermanos. Expresa el don de Dios en tu disponibilidad para el servicio y el compromiso con los más necesitados. Son siempre los predilectos de Dios y han de ser los tuyos. Verás que en la oración Él va conduciendo tu alma y tu vida a vivir siempre en la presencia. Él vive en ti. Él quiere transformarte con su amor. Vive tú siempre con Él. Abandónate a la obra del Espíritu en tu alma. No digas nunca un “no” al Espíritu, Abre tu alma y tu vida a los dones del Espíritu Santo. Para ello vete haciendo la ruta del silencio con paciencia. Busca el silencio, pero sobre todo espéralo, pues el silencio verdadero, el silencio interior, es un don del Espíritu Santo. Que no falten en tu vida espacios de silencio, atención y escucha en los que te abandones al Amor. Cuando ores, habla al Señor, pero nunca olvides que debes escucharlo. Él quiere hablarte al corazón para indicarte incesantemente las sendas que quiere que recorras en la vida. Calla a ti mismo, calla a tus cosas, calla a tus proyectos. Vive inmerso en el proyecto del amor que Dios tiene para ti. Acepta todo cuanto vayas recibiendo del Señor y de los hermanos en la vida. En el Espíritu Santo vive en la entrega plena y total a la voluntad del Padre. Confía en el Espíritu Santo que te irá conduciendo hacia la realización plena del amor de Dios en tu vida. Busca en todo ser en Él y vivir en Él. No tengas miedo al silencio. Vive en la ternura de Dios derramada en tu alma. Que día a día puedas crecer en amor. Por ello, déjate de palabras, despójate de oraciones. Que tu vida sea una oración inagotable pues estás plenamente en la onda del Espíritu Santo. No desees la oración para sentirla. Añora la súplica que nace de la vida y te envía nuevamente al compromiso en la vida. Para ello que tu día se desenvuelva siempre en la alabanza, la acción de gracias y la suplica. Alaba, sí, alaba al Señor. Que todos tus pasos vayan construyendo una ruta de alabanza pues te mueves en Dios y por Él. Vives en Él gracias al don del Espíritu que mora en ti. Nunca dudes de su presencia. Él siempre está. Busca reconocer sus pasos en la vida, su bondad y su ternura derramada en la creación y en los hombres. Con Él serás capaz de transformar. Si estás lleno de la paz del espíritu en tu alma, serás, aunque no te lo propongas, testigo y sembrador de paz. Si eres nómada, viajero de geografías y culturas, y permites que los vientos de Dios rocen e impregnen tu piel y lleguen hasta la médula de tus huesos, serás testigo de la presencia de Dios en el mundo. Si tu patria y tu casa es el camino. Si vives en la añoranza de la verdadera patria, el rostro del Señor, si no te instalas ni estableces tu domicilio en la provisionalidad de todo aquí en la tierra... estarás diciendo con la palabra de tu vida, que todo ha de ser una gran peregrinación hacia el encuentro con Dios. Serás entre tus hermanos sacramento del encuentro en el amor. Después ya podrás decir que este milagro no es obra tuya, sino obra del Espíritu que te habita. Si te sabes buscado y sientes que una presencia está brotando en lo más hondo de tu ser, como don inefable, inmaculado, transparente, podrás ofrecer a tus hermanos la invitación a dejarse invadir por el Espíritu que ya los habita. Ayudarás a descubrir el tesoro escondido en el amplio campo del alma, en las inmensas estepas de la tierra, en el corazón del bullicio en el que se suele desenvolver la vida de los hombres. Si descubres que de ti nace una fuente, como un río donde todos pueden beber hasta saciarse, entenderás que ha sido el Señor quien ha llenado tu alma de esta agua que salta hasta la eternidad de vida que todos añoran. Si crees que en el más extraño de los rostros alguien aguarda calladamente desvelarse, y en tu disponibilidad, lo acoges con la paz y la alegría con la que esperas cada amanecer, ayudarás a sembrar en el mundo la semilla de la esperanza. Si sientes que desde tu corazón brota a borbotones el torrente de la súplica, si el Espíritu te ha llenado de solidaridad y compasión... no apagues la llama de la súplica. No ceses de orar, intercede por todos y por todo. Que en tu alma tengan cabida todos, y que tu súplica alcance a todos los que peregrinan bajo el amplio techo del cielo. Si en los éxodos cotidianos sabes que Él está ahí, que tú también estás ahí en las horas de calma y en el estruendo de la agitación, no olvides que esta realidad se produce en tu alma gracias al don del Espíritu. Abandónate a su influencia y piensa que has de ser testigo del Señor Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, que vive en la vida de los hombres y comparte sus inquietudes y problemas, sus ilusiones y esperanzas por amor. Siéntete invitado a ser testigo de Cristo, hazlo con la encarnación y el compromiso con los que vives tu relación con los hermanos. Si nada te retiene y no eres prisionero de nadie, si vives libre y desasido para atarte al compromiso de Cristo que se entrega en la Cruz, recuerda que Él te liberó para que vivas en una plena y total libertad de entrega. Si redimes el amor perseguido y encarcelado en los egoísmos y los odios, en las opresiones y en las guerras, en las luchas y las falsas treguas, irás haciendo camino para que el Amor sea conocido, amado, buscado y deseado como cumbre final de toda ansia de amor. Si descubres que todos los latidos, el del mar, el de las estrellas, el del fuego, el de la tierra entera, es tu latido, tu único latido, verás que todo te lleva a reconocer que el alma de todos los latidos de la naturaleza y de la creación es el Amor de Dios. Si olvidas tu edad, las debilidades de tu cuerpo y la flaqueza de tu alma, si te dejas absorber hacia dentro, vivirás la plenitud del encuentro primero que se ha de realizar en tu vida... el encuentro contigo mismo y el encuentro con el Señor que está en la raíz de tu alma. Si en lugar de inventariar diferencias, te das cuenta de que a la luz de tu mirada se van borrando todas las separaciones y todo regresa a la unidad original... vete pensando que estás abriendo camino para que cada hermano pueda descubrir que el aliento que lo mueve todo es el soplo del Espíritu de Dios Amor. En Cristo Jesús el Señor, en el Espíritu Santo que todo lo vivifica y en el Padre del amplio cielo de la misericordia puedes encontrarte a ti mismo. Lo encuentras a Él, se va realizando tu encuentro con los hermanos, y vas caminando hacia el nosotros de la comunión de todas las criaturas en Dios. Abandónate en las manos del Padre. Vive inundado por la presencia del Hijo. Que el Espíritu Santo guíe, acompañe y mueva toda la vida. Que María, el rostro femenino de Dios, misericordia convertida en ternura materna, te conduzca hacia el corazón de la Trinidad. Dios siempre está. En Él, por Él y con Él vives y te renuevas en el encuentro de amor.
PENSAMOS Y DIALOGAMOS.
‑ De la Palabra de Dios se puede concluir: “A ese se le ha perdonado mucho, porque ha amado mucho”, y “ha amado mucho, porque se le ha perdonado mucho”
‑ ¿Qué experiencia tienes del perdón de Dios? ¿Tienes la convicción de que Dios te ha perdonado mucho, porque te ama mucho?
‑ ¿Es tu vida un canto a Dios con tus obras de amor?
SEÑOR, ENSÉÑANOS A REZAR.
(De Dolores Aleixandre)
1.‑ Ponte junto a Jesús en la cruz para comprobar cómo su muerte verifica la autenticidad de sus palabras:
“Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los que ama” (Jn 15, 13).
“El Puen Pastor da su vida por sus ovejas”(Jn 10, 11).
“El Hijo del hombre ha venido para servir y da la vida en rescate por todos” (Mc 10, 45).
“Os aseguro que, si el grano de trigo caído en tierra no muere, queda el sólo; pero si muere, da mucho fruto. Quien tiene apego a su propia existencia, la pierde; quién desprecia la propia existencia en el mundo, la conserva para una vida sin término” (Jn 12, 24‑25).
“Ahora me siento agitado: ¿ le pido al Padre que me saque de esta hora? ¡Pero si para esto he venido, para esta hora! ¡Padre, manifiesta tu gloria! “ (Jn 10, 11).
“El Padre me ama porque doy mi vida para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; la doy yo voluntariamente” (Jn 10, 17).
Deja que fluyan de ti el agradecimiento, el asombro y ese sentimiento al que nos invita la liturgia del Jueves Santo:
Nosotros debemos gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos alcanzado la salvación y la libertad.
2.‑ Trasládate mentalmente a algún lugar donde se condense mucho dolor humano: un hospital, una cárcel, un campo de refugiados...
Siéntate en algún rincón y, desde ahí, lee pausadamente la narración de la pasión según Marcos (13, 32 ‑ 15, 47).
3.‑ Ponte junto a Jesús en la cruz y escucha cómo vivió Él ese momento:
“La mujer, cuando da a luz, está triste porque ha llegado su hora; pero cuando le nace el niño, ya no se acuerda del aprieto, por el gozo de que haya nacido una nueva criatura en el mundo...“ (Jn 16, 21).
Pídele que te ayude a ti y a todos a encarar el dolor de una manera nueva; deja que tus preguntas sobre el misterio del mal escuchen ahí una palabra de vida: existe un sufrimiento que es fecundo; el dolor puede ser un tránsito hacia la vida y hacia la plenitud total del gozo. Pídele la gracia de saber reconocer también “tu hora” y, como la mujer en el parto, atravesar el umbral del dolor para dejar nacer la vida.
4.‑ El autor de la Carta a los Hebreos nos exhorta:
“Así pues, nosotros, rodeados de una nube tan densa de testigos, desprendámonos de cualquier carga y del pecado que nos asedia; corramos con constancia la carrera que nos espera, fijos los ojos en el que inició y consumó la fe en Jesús. El cual, por la dicha que le esperaba, sufrió la cruz, despreció la humillación y se ha sentado a la diestra del trono de Dios” (Heb 12, 1‑2).
Fija tu mirada en Jesús en la cruz: él es, según la expresión de Hebreos el “guía” o “conductor”, es decir, el que va delante de ti, el que te precede en el camino y te conduce en medio de la oscuridad y las dudas de tu fe. Es también el que la perfecciona y la lleva a término; el que te enseña desde la cruz a ir más allá de todas las negatividades y de todas las noches; el que pone su propia fe como roca bajo tus pies para que, apoyándote ahí, te atrevas a confiar incondicionalmente en las manos del Padre y abandones tu vida en ellas.
Repite una y otra vez con él:
“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu...”
5.‑“Junto a la cruz de Jesús estaba su madre... “(Jn 19, 25).
Ponte junto a María al pie de la cruz y pídele que te enseñe a permanecer como ella junto a su hijo y junto a todos aquellos que hoy siguen en la cruz. Escucha las palabras de Jesús:
“Mujer, ahí tienes a tu hijo; AHÍ TIENES A TU MADRE “
Deja que ella ejerza esa nueva responsabilidad sobre ti, y piensa qué puede significar en tu vida hacer como el discípulo que “se la llevó a su casa”
MÉTODOS DE ORACIÓN
CAPÍTULO CUARTO
(De entre los muchos métodos posibles, vamos a hablar de cuatro).
1.‑ LECTURA ORANTE.
1.‑ Ponte en presencia del Señor. Invoca al Espíritu Santo. El es quién hará posible ese encuentro con el Señor.
2.‑ Empieza leyendo, sin prisas, un salmo, o un texto bíblico o alguna oración de algún libro que tengas.
Deja que lo que vas leyendo baje hasta tu corazón. Que no se quede en tus pensamientos.
3.‑ Cuando llegues a una frase que sintonice especialmente contigo, párate. Repite esa frase una, dos, tres veces. Lentamente y sin prisas.
Luego haz un silencio. Deja que esa frase vaya calando en tu corazón. Estate así el tiempo que puedas.
4.‑ Luego continua leyendo, siguiendo los mismos pasos ya descritos.
5.‑ Si en un momento determinado notas que el Espíritu Santo pone en tus labios o en tu corazón expresiones personales, deja de leer, y dirígete al Señor con esas palabras.
6.‑ Puedes terminar con un “Padre Nuestro” o un “Gloria al Padre”.
2.‑ LECTIO DIVINA.
1.‑ Ponte en presencia del Señor. Invoca al Espíritu Santo.
2.‑ Lectura: Toma la Biblia en tus manos y ábrela por un texto que desees. Empieza a leer ese capítulo, sin prisas.
Cuando hayas terminado, párate un momento. A continuación puedes leer algún comentario de los que suelen poner las Biblias “a pie de página”, sobre los versículos que has leído. Si fuera necesario, puedes leer esos versículos bíblicos por segunda vez.
3.‑ Meditación: Fíjate en cuál puede ser el punto central del texto que has leído. Personajes que han intervenido. Fíjate en las palabras que más te han llamado la atención.
Pasa estas palabras a tu corazón. ¿Qué te sugieren estas palabras, este texto para tu vida?
4.‑ Oración: Es muy posible que en estos momentos surja dentro de tu corazón una oración al Señor. Unas veces será para pedirle o alabarle, darle gracias, pedir por alguien, pedir perdón,...
Dirígete al Señor con las palabras que salgan de tus labios y de tu corazón.
5.‑ Contemplación: Es mirada de fe, fijada en Jesús. Guarda silencio, estate atento a ese Dios que sabes que te mira y que te ama.
6.‑ Discernimiento: Uno se pregunta con sinceridad ante Dios: ¿Señor, qué quieres de mi? ¿Qué es lo que el Espíritu, a través de la Palabra de Dios, me puede estar pidiendo hoy a mi, en relación con mi vida?
7.‑ Acción ‑ compromiso, testimonio: El auténtico encuentro con Dios siempre nos emplaza al encuentro con los hermanos.
El orante, con la ayuda de Dios, intenta llevar a su vida lo que ha descubierto en el punto anterior del discernimiento.
8.‑ Este rato de oración puede terminarse con un Padre Nuestro o un Gloria.
SEÑOR, ENSÉÑANOS A REZAR.
- Haz algún rato de oración, siguiendo los - pasos que se indican en la ficha.
Señor, Dios, estoy aquí buscándote en lo sencillo, en las cosas que Tú, al principiuo de todo, viste que eran buenas. ¡Las cosas! ¡Tantas veces me parecen que sólo son cosas! Mis ojos, cansados, no logran ver en ellas ni tu mano de Dios ni tu sonrisa de Creador. Señor, Dios, dame ojos para descubrir la semilla de Tu presencia en las cosas, dame ojos, Señor, para que pueda ver tu mano de Padre que alimenta a los pájaros del campo; dame ojos, Señor, para apreciar, como María, las necesidades de los hombres.
Que abra mis ojos para verte en todo lo que existe y pasa a mi lado. ¿Qué yo vea , Señor!
3.‑ ORACIÓN A PARTIR DE LOS ACONTECIMIENTOS DE LA VIDA.
1.‑ Ponte en presencia del Señor. Invoca al Espíritu Santo.
2.‑ Centra tu atención en algún acontecimiento que hayas vivido últimamente o que esté sucediendo en el mundo.
Este hecho provocará en ti unos sentimientos y reacciones: gozo, alegría, tristeza, esperanza, miedo, ...
3.‑ Pregúntate: ¿Por qué sucede esto que está sucediendo?, es decir, ¿cuáles son las causas del hecho, y cuales los porqués de mis reacciones emocionales?
4.‑ Piensa en algún texto de la Palabra de Dios que te de un poco sobre esto que estás pensando y orando. Si tienes en tus manos una Biblia, busca ese pasaje y léelo con pausa. Si no la tienes, trata de recordar ese pasaje bíblico.
Deja que cale en tu corazón y en tus pensamientos.
5.‑ ¿Qué te dice este texto en relación con el hecho que habías elegido al principio de la oración y con tus reacciones?
6.‑ Oración espontánea: Si de dentro de ti surgen deseos de dirigirte al Padre, o a Jesús, para pedirle fuerza, o luz, o para alabarlo, o para..., hazlo. Habla con Dios.
7.‑ Puedes, incluso, hacer un rato de silencio contemplativo.
8.‑ Después de este rato de oración, ¿crees que puedes hacer algo, en relación con el hecho que has orado?
9.‑ Puedes acabar con el Padre Nuestro o el Gloria.
4.‑ ORACIÓN VISUAL.
1.‑ Ponte en presencia del Señor. Invoca al Espíritu Santo.
2.‑ Elige una estampa expresiva con el rostro de Jesús o de María, o ponte delante de un icono o, si lo prefieres, delante de un crucifijo.
3.‑ Dedica unos minutos a estar en silencio. Estate quieto mirando esa imagen.
4.‑ Es muy posible que esa imagen, esa cruz te hable por sí misma: su cara, sus ojos, la mirada ... o los brazos abiertos,... ¿Qué pensamientos y sentimientos produce en ti?
5.‑ Oración espontánea: Dirígete al Padre, o a Jesús, o a María, con las palabras que salgan de tu corazón. Habla con él, o con María. Cuéntale tu vida, o la de aquellas personas que amas, o la de aquellos que te preocupan.
6.‑ Haz tuyos los pensamientos y sentimientos que esa imagen provoca en ti.
Tú puedes mirar a los demás, como te sientes mirado.
Tú puedes abrazar a los demás de igual forma que te sientes abrazado por Jesús en la cruz.
Tú puedes ser misericordioso con los demás, igual que te sientes mirado por esos ojos misericordiosos.
Tú ...
7.‑ Puedes callar y estar un rato en silencio.
8.‑ Para terminar puedes rezar el Padre Nuestro, ave María, o el Gloria.
SEÑOR, ENSÉÑANOS A REZAR.
‑ Haz algún rato de oración, siguiendo los pasos que se indican en la ficha.
LA ORACIÓN DEL SEÑOR
CAPÍTULO QUINTO
La ficha de este capítulo es el resumen del Catecismo de la Iglesia católica, números 2759 ‑ 2865.
1.‑ PADRE NUESTRO QUE ESTÁS EN EL CIELO.
Cuando decimos Padre “nuestro”, es al Padre de nuestro Señor Jesucristo a quién nos dirigimos personalmente; y si decimos nuestro es porque no hay más que un solo Dios y es reconocido Padre por aquellos que, por la fe en Jesús, han renacido de Él por el bautismo. La Iglesia es esta nueva comunión de Dios y de los hombres. La palabra “nuestro”, se refiere a todos y cada uno de los bautizados, que “no tenemos más que un solo corazón y una sola alma” (Hechos 4, 32).
“Por eso, a pesar de las divisiones entre los cristianos, la oración al Padre Anuestro” continua siendo un bien común y un llamamiento apremiante para todos los bautizados. En comunión con Cristo por la fe y el Bautismo, los cristianos deben participar en la oración de Jesús por la unidad de sus discípulos (cf UR 8; 22).
Por último, si recitamos en verdad el “Padre Nuestro”, salimos del individualismo, porque de él nos libera el Amor que recibimos. El adjetivo “nuestro” al comienzo de la Oración del Señor, así como el “nosotros” de las últimas peticiones no es exclusivo de nadie. Para que se diga en verdad (cf Mt 5, 23‑24 ; 6, 14‑16), debemos superar nuestras divisiones y los conflictos entre nosotros.
Los bautizados no pueden rezar al Padre “nuestro” sin llevar con ellos ante El a todos aquellos por los que el Padre ha entregado a su Hijo amado. El amor de Dios no tiene fronteras, nuestra oración tampoco debe tenerla (cf NA 5). Orar a “nuestro” Padre nos abre a dimensiones de su Amor manifestado en Cristo: orar con todos los hombres y por todos los que no le conocen aún para que “estén reunidos en la unidad” (Jn 11, 52). Esta solicitud divina por todos los hombres y por toda la creación ha inspirado a todos los grandes orantes: tal solicitud debe ensanchar nuestra oración en un amor sin límites cuando nos atrevemos a decir Padre “nuestro”. A
Catecismo nº 2791 ‑ 2793.
La expresión bíblica: “Que estás en el cielo” no significa un lugar, sino una manera de ser. Dios Padre no está “fuera”, sino “más allá de todo” lo que, acerca de la santidad divina, puede el hombre concebir. Indica también su presencia en el corazón de los justos. El cielo, la Casa del Padre, constituye la verdadera patria hacia donde tendemos y a la que ya pertenecemos.
2.‑ LAS SIETE PETICIONES.
En el Padre Nuestro, las tres primeras peticiones tienen por | |||||||||||||||||||